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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

La democracia anegada: el lodo que abona el odio

Como empieza a suceder en la América de Trump (la nueva desAmérica), la verdadera esperanza reside en que se harten los suyos. Aquello de Pío Cabanillas: “cuerpo a tierra, que vienen los nuestros”. Es un viejo asunto: el desbordamiento de los discursos acaba inundando incluso los territorios propios, provocando graves destrozos. El riego por aspersión (semejante a lo de lanzar mierda por el método del ventilador) supone que el político debe sembrar el panorama de todo lo que pueda desanimar al contrario (ya sea verdad o no, habría que añadir en el estado actual de la política global). Pero estos populismos ya no se conforman con los aspersores, ni con los ventiladores, sino que prefieren la inundación, el anegamiento, por el método expeditivo de dar curso a grandes avenidas de descalificaciones y palabras gruesas. Esa catarata, a veces de insultos, impide cultivar el árbol de la cordura.

La política levantisca que pretende liberar cantidades considerables de frustración, acequias de descrédito, lodos de incertidumbre, para que caigan en el sitio adecuado y den frutos amargos, se ha vuelto contra líderes como Trump, tal vez Orban, pero aún se espera que la población se percate del daño y ponga compuertas. Lo malo del futuro es que tarda en llegar. Y ello a pesar de la aceleración de los acontecimientos, porque el poder tienta con sus frescos racimos, y nadie quiere esperar más de lo necesario, no vaya a ser que se le pase el arroz parlamentario. Los liderazgos ferozmente individuales no entienden mucho de equipos ni de tendencias, sino de alcanzar su propia gloria, de hacer brillar su nombre en rótulos rotundos.

Por eso Trump devoró a los Republicanos, aunque algunos, como podría decir Jonathan Swift, son vomitados ahora medio vivos, y, experimentado el viaje a ese estómago caótico y autoritario, tras nadar con euforia en esos jugos gástricos, se vuelven contra su devorador. Este es el mayor peligro para ultras y populistas de este jaez: que los cercanos se harten, o descubran que para ese viaje no hacía falta la alforja del odio. Es un proceso lento de autodestrucción, derivado quizás del poco cuidado por las cosas, de los males del supremacismo y la mala hostia, en algunos casos. Y en este plan. Con suavidad y moderantismo no convences demasiado, creen algunos, por eso acusan a la Democracia de blandengue y permisiva. Y tratan de vender la peligrosa sustancia del autoritarismo como la única gran promesa de futuro.

Lo raro es caer en algo que destruyó Europa. Se podrá decir que los jóvenes no miran hacia atrás, sino hacia lo inmediato, y que no les gusta lo que ven. Por eso la izquierda tiene que ir mucho más al rincón de pensar. Es el miedo y la incertidumbre, no sólo la insatisfacción, lo que lleva a apoyar causas autoritarias (cuando no totalitarias), en la creencia de que llegará un líder con vozarrón y cuatro ideas elementales, querido Watson, un líder incluso ágrafo e iletrado, qué gozada, porque es lo que da confianza, por lo visto. Lo que a algunos les parece muy revolucionario. Y piensas en la ignorancia como una de las bellas artes. Pero, incluso ahí, en la gran ceguera, hay un tuerto que puede rebelarse y al que los ciegos miran de reojo (por raro que parezca).

Trump teme por las elecciones de noviembre, ese mes funerario, y por el efecto de tanta guerra y tanto discurso contradictorio y cantinflesco, aunque no puede evitarlo: se le va la lengua, como se le van los tuits de medianoche. El dedo que maneja el móvil es a veces tan revelador como el hacha de sílex.

Ha llevado muy lejos la paranoia esa del America First, la movida que repiten sus seguidores europeos con el nombre de sus países, pero en Europa, como pasaba históricamente con las modas y con los inventos yanquis, parece que los cambios llegan tarde, y el declive de Trump no se corresponde, por ejemplo, con el anunciado éxito de Farage en las municipales británicas. Ya hablamos de lo que se avecinaba, a pesar del desprestigio creciente del brexit (todavía está lejos del desprestigio que sin duda merece), y lo que se avecinaba se ha cumplido: Starmer se agarra a un clavo ardiendo, y hace muy bien, porque es un dique necesario, aunque sea aburrido, y los ‘tories’ también caen, envueltos en la confusión. No se me ocurre un panorama peor. Farage riendo con una pinta en la mano. El final de Orban parecía un brote verde, pero hay otros liderazgos en marcha que lo reemplazan, como Radev en Bulgaria. Nadie sabe si Europa completará el giro, antes de las elecciones en Francia. O antes de las nuestras. De momento sigue el riego por anegamiento de los campos de la democracia, donde el lodo abona el odio.

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