Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Ir a China para orientarse un poco
El verso de Blas de Otero “me voy a China / para orientarme un poco”, cobra más sentido que nunca. No sólo para Trump, sino para otros dirigentes. Rajoy, en varias ocasiones, o Alfonso Rueda, hace apenas un par de semanas. Y Sánchez, siempre Sánchez. Al presidente se le ha criticado por ir mucho a China, por ir a China y tensar la cuerda con Trump (nadie la ha tensado tanto como él, provocando cierto asombro, incluso cierta admiración, en los aliados europeos más timoratos). Sánchez sabe bien que ahí se cuece no ya el futuro del planeta, sino el presente, y las relaciones comerciales, en estos tiempos de caos e incertidumbre, pasan por conocer a fondo la forma de pensar de los chinos y lo que tienen preparado para las próximas décadas. Rueda, sin ir más lejos, igual que Sánchez, acudió al calor de la economía.
No sin China, dicen los dirigentes. No es posible obviar al gigante, que ya no es un gigante dormido. Y ahora Trump, mientras la guerra con Irán se mantiene en pausa, en una pausa extraña y frágil, decide visitar a Xi Jinping, dejarse seducir por el escenario de Pekin, donde es aclamado con miles de banderitas vibrantes y flores agitadas por los niños. Llega para pulsar el estado de las cosas del mundo con el gran rival. Viaja a China para orientarse un poco. Y quién sabe si para desorientar a todos los demás, y a los críticos cercanos, a los que deja en casa, en sus propias filas, mientras la larga sombra de las elecciones de noviembre se acerca. Trump se sacude Irán, como se sacudió Ucrania, y decide vestir su viaje de diplomacia, pero en realidad es el viaje de las urgencias. ¿Qué hacer con Ormuz, con el petróleo detenido?
Leo que Xi Jinping recibe a Trump con la certeza de que el dirigente norteamericano se mete en demasiados jardines de los que no sabe salir. La precipitación del imperio USA, que sigue agitando su incontestable capacidad militar, que ha virado, en contra del electorado, hacia una mirada bélica (el Ministerio de la Guerra parece que no era sólo un nombre para impresionar), y contrasta con el notable silencio de Pekin. Una característica del régimen chino, ese silencio, esa media sonrisa de Xi, esa ausencia de gestos ostensibles, ante el gran ruido que envuelve continuamente al gobierno de Trump. El recibimiento al magnate americano ha sido espectacular, en la mejor línea de las coreografías chinas en las que nada falla, con esa cierta frialdad del protocolo, tal vez, a pesar de las flores y las banderas, pero cumpliendo de forma estricta con lo que se espera de una cumbre de tan alto nivel. China calla, sí, pero sus intereses también son múltiples. Lo hace sin ostentación, con pocas palabras, al menos en la escena principal. Otra cosa, leo en medios como el New York Times, lo que sucede en segundo plano. Sanciones, aranceles, espionaje, ataques cibernéticos, eso leo en los papeles. Es una guerra sorda que busca saber del otro y debilitar su economía. Con dos asuntos fundamentales: Taiwan y las tierras raras.
Trump responde al gigantesco despliegue chino con gusto, con su política emocional que no suele hacer pestañear a Xi. Ese apretón de manos de quince segundos, palmadita del norteamericano incluida (Xi nunca lo haría), ha dado la vuelta al mundo. No hay fallos en el diseño de las ceremonias, todo va fluido ante las cámaras, pero… ¿qué sucede en la intimidad de las conversaciones? Nunca lo sabremos del todo. La presencia de los magnates tecnológicos y otros millonarios, como Cook y Elon Musk, sobre todo este último, da pistas sobre una parte importante de la visita. Los retos tecnológicos en los que las dos potencias entran en disputa, sobre todo por los semiconductores y por los minerales decisivos. No todo es el petróleo. Aunque en la coyuntura actual, lo parezca. Ormuz está estrangulando la economía, detiene la circulación de una parte importante del planeta. Trump, que empezó la guerra, tal vez ha ido a pedir ayuda a Xi, con mano en Irán.
Existe la certeza de que Xi Jinping compra tiempo ante un Trump debilitado. El asunto de Irán le favorece, ha dicho el economista Li Daokui al New York Times. Trump ha pasado de intentar que China influya en Irán a buscar una solución desesperada para Ormuz, quizás a cambio de otras concesiones no menores. Porque noviembre se acerca y las noticias económicas no son buenas. Xi ha mencionado la famosa trampa de Tucídides, que hizo popular Graham Allison. Un poder emergente (Atenas) ante una Esparta temerosa por ese nuevo poder, lo que derivó en las guerras del Peloponeso, podría reflejarse en la rivalidad actual entre China y los Estados Unidos. ¿Es un escenario que llevaría inevitablemente a un gran conflicto? Julian Gewirtz, de la Universidad de Columbia, cree que Xi, siguiendo las teorías de Mao de 1938, proyecta una victoria segura mediante la paciencia ante el creciente desempeño errático de las políticas de Trump. Pero esta es otra historia. De momento, Trump se ha ido a China para orientarse un poco. En fin. Veremos.
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