Opinión | Reflexión pública

Escritor
Paseantes, peregrinos, flâneurs
La expresión acertada «hay que cuidarse» tiene mucha conexión con salir a pasear, hacer ejercicio, mover el cuerpo, ir al gimnasio, practicar senderismo. Pero también la contemplación ingresa en ello y avanza desde el descubrimiento –y la experiencia– de la belleza, y de todo aquello que esté bien colocado desde una coherencia distribuída. Los escenarios tanto son los parques y los bosques como también las calles y las avenidas. Ingresa también el pasear puro como el ir recogiendo vivencias desde el amanecer o el atardecer y ser después motivo para un poema, así sucede en algunas de las Suites de García Lorca. La quietud más grande exige después la movilidad más extendida. Pasear conduce a una manera de actividad estética, miles de «nubes» imaginantes ocupan la cabeza al pasear y donde caben ideas, proyectos, deseos… como una especie de receptáculo de la anticipación. Como una ensoñación a lo que habrá de llegar después en la pura realidad tangible.
Los peregrinos recogen con su mirada atenta fragmentos de la realidad mientras van caminando o porque van caminando, mas su parada final está más allá de su propia situación. El ímpetu interior de los peregrinos es la esperanza, al modo de Gabriel Marcel pero también de Ernst Bloch. El más allá físico es el santuario –la catedral, la ermita, la capilla, que es el espacio sagrado donde por fin rinden viaje y rinden culto. La esperanza les da la seguridad para seguir caminando. Su trazado geométrico, mental y físico es el camino, una vía cierta que también les confirma en su fortaleza. Una austeridad total lo acompaña: necesita poco mientras hace el Camino; después ya se recuperará. Este tránsito, largo y complejo, es como un olvido de sí mismo. La dimensión del tiempo es su presente en su propio caminar. Tal vez la esencia del caminar del peregrino consista en saber superar obstáculos de todo tipo que se le presentan en su bravo recorrer geografías extrañas. Acompaña a los peregrinos la autonomía, la decisión y la realización. Quiero decir: darse a sí mismo las normas de conducta, acertar con un comportamiento después de reflexionar y tener la convicción de haber llenado bien el tiempo.
El flâneur ocupa páginas en la Obra de los Pasajes de Walter Benjamin. El flâneur se entrega al espíritu de su ciudad. Podríamos afirmar que es un recogedor de esencias, de captaciones certeras instantáneas que penetran acertadamente en una «atmósfera», bien sea de alguien o de algo, y hasta puede dar una definición o una clarificación de eso mismo. Su pasear por la ciudad no es un ejercicio; es una deleitación, una relajación, y un ocio contemplativo. En cierto modo el flâneur saborea la ciudad, París en este caso, y ya para siempre. Baudelaire en sus ‘Cuadros parisinos’ captura –presenta– el encanto del cruce de miradas, el deleite y la atracción que esta ciudad produce a quien sepa afilar su percepción. El delirio final es juntar vida con literatura, literatura con vida. Sucede con frecuencia. Bien lo sabía Edgardo Scott.
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