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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

La idea de abolir la izquierda

Con la investigación al expresidente Zapatero, de la que ya hablamos, he empezado a leer artículos en la prensa (de toda línea editorial) que dan por enterrada a la izquierda. O al progresismo. O al socialismo. O a todos a la vez. Para empezar, todas estas etiquetas se solapan o su confunden, cuando cada una tiene sus propias características. Y cuando es evidente que algunas son más amplias que otras, y contienen a las demás, o no son sólo etiquetas que se refieren al universo concreto de la acción política y los partidos, sino a la filosofía, a la sociología, y por ahí. Y que, por supuesto, han existido desde hace mucho tiempo: o sea, tienen una historia sólida a sus espaldas.

Pero sí, reconozco que hay un cierto aroma de funeral. Hay un desfile de los seres queridos, colocando sus coronas fúnebres en ataúdes del pensamiento rigurosamente alineados, no ya en las puertas de algunos juzgados, que también, sino en los titulares de la prensa, en las tertulias y en los micrófonos que vuelan a la salida de los actos públicos, como un tutifruti que los afectados intentan evitar, igual que se esconden púdicamente las lágrimas en algunos duelos. No pocos de esos allegados, sin embargo, se niegan a aceptar la muerte que otros proclaman, y, si la aceptan, hablan ya de la resurrección.

La política actual, como la vida, va a toda velocidad, quién sabe dónde. Nuestra falta de atención (salvo para alguna cosa) abomina de cualquier profundidad, adolece de toda paciencia, no acepta que nos demoremos en las lógicas dificultades, y, mucho menos, en la arquitectura bien trabada de una opinión, sino que predica una aceleración inmediata de cero a cien, quizás muy explicable en tiempos de las redes sociales, semejante a la de los resultados que nos otorga la inteligencia artificial generativa (alguno bromea y le dice degenerativa), que es veloz como el rayo, más allá de sus errores. Hay que satisfacer al cliente, al espectador y al aficionado y hay que hacerlo rápido, porque algo nuevo llegará de inmediato, se reemplazará cualquier intento de regar el árbol de la nostalgia: el olvido será como la nieve. No pasamos páginas, sino ventanas: instantáneas reales o ficticias. Y todo arde.

La pira contemporánea nos consume a nosotros, carne trémula de la infelicidad, aunque creamos que en ella estamos quemando lo que nos sobra, o lo que nos duele, o lo que nos molesta, como en una hoguera de la noche de San Juan. Ojo con los entierros. Porque es fácil unirse al rezo de esa letanía, dar fe a esa homilía que proclama el final de un tiempo, como quien está matando al fin al anticristo, y el advenimiento de nuevos y pulcros mesías. La investigación a Zapatero se ha contado con la tensión narrativa del apocalipsis, y, junto a los que reconocen decepción y tristeza por el óbito político, González incluido, y junto a los que resisten en la fe antigua y apoyan al líder, están los que blanden la espada flamígera y exigen poco más o menos que la inmolación de la izquierda, la tabula rasa, no ya de Zapatero, sino, mucho más, de Sánchez, que fue alumbrado por el profeta y sería por tanto portador de sus saberes y, al fin, seguro heredero de su presunta culpa.

Este tiempo arrebatado nos arrastra, y no parece que nos lleve al infinito, sino, quizás, al infinito naufragio. Ya se le han visto maneras a Trump, al que siempre volvemos, santón del nuevo autoritarismo sin complejos, aunque algo abandonado por su propia parroquia exhausta y confusa, sobre ese gusto suyo por reescribir, no sólo la historia americana y el nombre del Golfo de México, sino la filosofía y el pensamiento, tal y como lo conocemos. Esas maneras no sólo pasaron por acabar con el Partido Republicano, devorado por su insaciable apetito de poder, porque Trump se parece más a un Saturno que a un caimán de los Everglades, sino por la laminación de lo más a la izquierda que por allí existe, los Demócratas, que no logran salir del laberinto, y, sobre todo, Bernie Sanders, que aún resiste.

La idea de abolir la izquierda no es nueva. Parece asociada al intento de dañar la democracia, hasta presentarla como causante del mal contemporáneo. Es una empresa en marcha. Ha acumulado gran poder en el mundo. Y Europa sabe que ha aflorado bajo su piel, y se mantiene ahí, en estado latente, o no tanto, esperando que la opinión pública se suma al fin en el total desencanto. Y este es el peligro: la epidemia de decepción y desafección. No faltan propagadores, ni grandes contagiadores, pero algo deberá hacer la izquierda. No creo que se pueda enterrar el progresismo, salvo locura colectiva. También la derecha lo necesita para existir: la política verdadera demanda contrapesos. La libertad exige, sobre todo, pluralidad. Nadie puede negar, sin embargo, la crudeza del momento. Se parece, sí, a la tormenta perfecta.

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