Opinión | Buenos días y buena suerte
Gabi González: cómo ser adultos (o casi)
Estuve leyendo la primera novela, si es una novela, de Gabriela González (‘Casi adultos’, Destino), que se presenta el próximo día 28 en Compostela. Está compuesta de pequeños capítulos que parecen instantáneas, polaroids cremosas al tacto, a veces borrosas, con esa niebla del despertar, a veces extraordinariamente nítidas, hirientemente reales. Por supuesto, hay un aire de ‘memoir’, y de ‘bildungsroman’, como me gusta decir, en esta escritura. Gabriela, que es de Vilagarcía de Arousa, lleva tiempo triunfando con sus reflexiones en las redes, y yo, que soy poco de redes, me alegro de este libro físico que se arma como un compendio de entradas de un diario, sin serlo, como una purga del corazón, o como una celebración de los días y las noches.
Gabriela González, con la que hablo largo rato por teléfono y reímos mucho, muchísimo, así, en general, juega con la idea del adulto incompleto, aunque uno presuma de esa adultez rotunda (adultez, extraña palabra). Ya sabemos lo del síndrome de Peter Pan, que, en realidad, es una forma de negarse a crecer, o a asumir responsabilidades agotadoras, como suelen definirlo los psicólogos. De esta sociedad actual se dice que el infantilismo rebosa en los asuntos cotidianos, una alberca en la que se chapotea mucho, a veces una balsa de lodo, e incluso hay liderazgos políticos que se jactan de ello, como si la profundidad fuera peligrosa. Pero Gabriela, Gabi, narra más bien el paso a la edad adulta como una súbita metamorfosis, algo que te sorprende como la mariposa a la crisálida: el efecto de unas dosis de realidad que marchitan cualquier deseo de seguir volando. “Las facturas”, dice. Parece que pagar facturas es un síntoma de hacerte adulto. O de hacerte viejo. Aunque no exactamente, porque ahí tenemos a tantos jóvenes intentando pagar facturas que no pueden, como las de un piso. He ahí todo un síntoma. El adiós a la inocencia. Las facturas que hay que pagar son el adiós a la inocencia.
Gabriela explica cómo se mueve un adulto, una adulta, en eso de la treintena. Pongamos. Yo casi no lo recuerdo. Lo que sucede es que hoy, en medio de la gran aceleración del mundo, se diría que la realidad se vuelca sobre nosotros, como un contenedor cuyo interior no conocemos. La realidad te aplasta y sales como un adulto recortado contra el suelo, un adulto de dibujos animados, pero desanimado. Hay un momento en el que te hiciste adulto, y sigues negándolo, porque el niño, la niña, quiere prolongarse hasta el infinito y más allá. Nadie quiere dejar de volar. Aterrizar supone dejar de ver el mundo desde lo alto. A ras de suelo, todo es feroz e inevitable. Hacerse adulto es llegar a las puertas del desconcierto. Como ella dice, un niño le dijo una vez que tenía miedo a la inmensidad. Los niños tienen miedo a la noche, a la inmensidad. Los adultos tenemos miedo a cosas terrenales y tangibles: no tememos a la oscuridad, sino, mucho más, a la factura de la luz que acaba con ella. La inmensidad es un lujo imposible para el pensamiento adulto. Tememos perder el autobús, llegar tarde a la oficina, olvidarnos del regalo de cumpleaños, no comprar el pan para la cena. Y los achaques del cuerpo.
Leyendo a Gabriela González, en esta especie de diario o compendio de reflexiones al hilo de los días, descubro que las casas nos preocupan mucho. Los espacios. Hay varias formas de encarar el concepto de hogar en este libro, e imaginé a Gabi, de Vilagarcía, pero viviendo en piso compartido en Madrid, según me dice, intentando habitar un lugar desde el que se puedan ver los tejados, como si fuera un oleaje. La casa de los padres. La casa a la que vuelves después de una ruptura, de un desamor. La casa a la que vuelves después de los muertos. “Pero no todo se acaba en tener un piso”, se atreve a decirme. La vivienda es un asunto que chupa la energía de los españoles.
Hay muchas frases que me gustan en este libro (no confundir con las frases de taza, que es, diría, una especie invasora). Por ejemplo, esa de que “enamorarse es como estar colocado”. Pero vamos, literalmente. No es metáfora. Así lo cuenta Gabi. Por ejemplo, esa otra de ser un “Diógenes de los recuerdos”. En este libro su abuela querida se va apagando, pero guarda un diente de oro en el bolso porque nunca se sabe cuándo hace falta oro. Somos seres casi adultos, y, al final, menos adultos cada vez: hasta que el viento nos lleve. Me pregunto si es un proceso de ida y vuelta. Gabi tiene sus lados escépticos. Por ejemplo, Paris no será tan ciudad del amor, cuando ella tuvo allí dos rupturas. Ay. Y una cosa más: lo de “procrastinar con elegancia”, como titula un capítulo. Esperar para escribir, hasta que llega el momento de entregar el texto, es algo que sucede porque, me dice, si lo escribieras antes no saldría igual. Ante el paso del reloj, se rompen los diques de la imaginación. He aquí un libro sobre la vida. Y sobre la inmensidad.
- La panadería de Santiago que triunfa con su café con flores: 'Estamos vendiendo más flores que pan
- El restaurante más antiguo de Galicia lleva casi dos siglos abierto en Santiago: 'Fuimos ultramarinos, aserradero e incluso hicimos ataúdes
- Más de 400 vecinos disfrutan en el Cruceiro da Coruña de la primera sardiñada de la temporada en Santiago
- Esperan abrir el Pazo do Cotón en menos de 3 años: 'El proyecto hotelero más importante de Galicia a nivel de recuperación
- Vuelve la fiesta que hace viajar a Santiago 50 años atrás: verbena, juegos tradicionales, música y magia
- La compostelana Televés lanza una nueva generación de antenas preparada para la televisión del futuro y las redes 5G
- Cortizo y la UDC unen fuerzas para crear un máster que conecte universidad e industria en fachadas ligeras
- San Martiño Pinario revive el Santiago de 1976 con '50 anos aló': 'Esta festa creceu moito
