Opinión | TRIBUNA
La palmera del colegio Peleteiro
El colegio Peleteiro estaba en la calle Xeneral Pardiñas cuando yo ingresé en el centro, allá por 1955. Dos años más tarde nos trasladábamos a las nuevas instalaciones, aún en construcción, de la calle República Arxentina. Allí pasé diez años muy importantes de mi vida, diría que de sol a sol. Minerva fue el nombre de su bautismo en 1951. Se me agolpan los recuerdos que siempre estuvieron muy vivos, ya que mantengo contacto con la dirección y el profesorado. Por desgracia, ya fallecieron los que me dieron clase. Mi hermano Pepe, como yo antiguo alumno, fue profesor de Química hasta su jubilación. Allí envié a estudiar a mis tres hijos, por lo que hablamos de una relación familiar con el centro del que solo puedo decir cosas buenas. Cierto que la disciplina era una de sus señas de identidad, pero con muchos aspectos positivos. Gracias al colegio pudimos alcanzar aquellos sueños que parecían tan difíciles de hacer realidad. Con esfuerzo y rigor, sí, porque entonces no regalaban nada. Si no te aplicabas estudiando, no llegabas a la meta final. Muchos, por no decir todos, sudamos para aprobar aquel dificilísimo curso preuniversitario de 1965, momento en que entré en la Facultad de Medicina. La carrera, además de difícil, implicaba adquirir una enorme responsabilidad profesional; pero las bases las traía bien cimentadas de Peleteiro. La palmera que hoy se mantiene en la magnífica infraestructura de Monterredondo es la que había en el patio del monumental edificio del Ensanche, muy visible desde la calle. Todo un símbolo identitario.
Ahora que esta empresa deja de ser familiar, se me agitan las emociones de toda una vida, de mi propia vida, que me provocan un sentimiento agridulce. Por encima de todo, celebro la continuidad del proyecto, la estabilidad de la plantilla y las mejoras anunciadas; porque el pasado ya pasó. Pero es de justicia reconocer hoy al emprendedor y gran docente que fue don Manuel Peleteiro, el fundador; así como a aquellos profesores epígonos: Benito Varela Jácome, Francisco Río Barja, Santiago Besada, Virgilio Moure, Emilio Dopico, Avelino Abuín, Ángel Rodríguez, Laureano Otero, Carlos Criado, Manuel Bao… La dedicación y tesón de esta magnífica plantilla hicieron del colegio un referente nacional por la calidad de sus enseñanzas. Tras setenta y cinco años de actividad, el centro inicia una nueva etapa donde este buque insignia está llamado a seguir superándose en la formación de los santiagueses y gallegos. Ese es mi deseo, que la palmera de Peleteiro siga siendo un faro de excelencia. Vamos, vamos a nuestro colegio, crisol de costumbres, forja de amistad. Así rezaba nuestro himno, que aún cantamos a coro de forma espontánea y nostálgica en una de nuestras últimas reuniones de antiguos alumnos. ¡Vamos, vamos!
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