Opinión | TRIBUNA
Encíclica, el veredicto de la otredad frente a la babel algorítmica
Decía el escritor argentino Jorge Luis Borges que «a Jesús, como a todos los hombres, le ha tocado vivir la peor época de la historia». El papa León XIV lo sabe bien y bien lo demuestra en su encíclica «Magnifica Humanitas», presentada por él mismo en el Vaticano, en una demostración formal de entender los tiempos. El texto es denso, oportuno, actual e incluso valiente. Si de algo adolece es, quizás, de una posibilidad cierta de ser reestructurado, de evitar alguna reiteración o de abundar en citas que deberían darse por supuestas, o que al menos cabría presentar de manera menos prolija. Pero un documento de esta envergadura exige solemnidad, y este quedará para la Historia por el compromiso social que conlleva, por su denuncia de los denominados tecno-fascismos y por su audacia al bajar a la arena en cuestiones verdaderamente peliagudas.
Como fruto de una primera lectura atenta, equilibrada y desde un criterio estrictamente constructivo de un creyente, es posible sintetizar este magisterio en diez puntos esenciales que definen el rumbo moral propuesto para la sociedad contemporánea: la dignidad humana como absoluto, establecida como un don inalienable que no depende de la eficiencia o la productividad; la brújula del pensamiento en la era digital, frente a un mundo dominado por algoritmos y redes globales; la verdad como bien común y relacional, esencial para la salud democrática; la primacía y el valor antropológico del trabajo ante la automatización caótica; el destino universal de los nuevos bienes, extendido ya a los intangibles como patentes y datos; la denuncia del colonialismo de datos en las regiones más vulnerables; el desarme cultural, estratégico y cognitivo de la inteligencia artificial, pues resulta éticamente ilícito delegar decisiones letales en procesos automatizados; una alianza educativa y sapiencial que promueva una profunda ecología de la comunicación; la rebelión frente a la Realpolitik -esa política o diplomacia basada principalmente en consideraciones de circunstancias y factores dados, en lugar de nociones ideológicas explícitas o premisas éticas y morales-que normaliza el conflicto en contra de la negociación; y la mirada desde los puntos de fractura, interpretando la historia desde abajo, con los ojos del desprotegido.
Para mi satisfacción, y tras año defiendo esta postura, la Encíclica admite una lectura tan audaz como esclarecedora si se contempla desde la perspectiva de la filosofía africana tradicional, sintetizada en una palabra de resonancia universal: Ubuntu. «Yo soy porque nosotros somos».
Este principio, que fundamenta la existencia propia en el reconocimiento irrenunciable del otro, dialoga de manera profunda con la preocupación antropológica que atraviesa el documento pontificio ante el avance desmedido de la técnica. Desde el respeto absoluto a todas las posiciones, cabe concluir que el ser humano únicamente se realiza en la comunión y en la reciprocidad. El otro existe, recuérdenlo; cójanse de las manos para vivir lo que nos toca, cada uno con su fe, o sin ella, siempre con respeto al prójimo, a la libertad y a la democracia.
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