Opinión | Políticas de Babel
Entendimiento entre EE.UU. e Irán
En el preacuerdo entre EE.UU. e Irán hay dos factores que están resultando decisivos. Por un lado, el espacio. Y por otro, el tiempo. En cuanto al espacio, el estrecho de Ormuz se ha vuelto prioritario. En lo relativo al tiempo, entre treinta y sesenta días parecen idóneos para terminar de pulir aquellos aspectos que causan más fricción entre Washington y Teherán. El estrecho de Ormuz debe ser liberado, desbloqueado. Eso es incuestionable. Y debe hacerse por ambas partes. Por eso los detalles finales del acuerdo se podrán seguir perfilando durante días o semanas. Lo que hay, de momento, es un Memorándum de Entendimiento que debe ser confirmado y ratificado; y que tendrá que definir qué sucede con el uranio enriquecido, con el programa nuclear iraní, con su desarrollo de misiles balísticos, y con las tarifas de impacto ambiental que propone imponer Irán en el estrecho.
Es cierto que Trump ha golpeado la cúpula del régimen, acabando con buena parte de los líderes de la Guardia Revolucionaria, incluido el ayatolá Alí Jameneí. La Operación Furia Épica también mermó la fuerza naval, aérea y balística iraní. Esto es un éxito para el neoyorquino. Pero ello no impide que Teherán haya incrementado su influencia y su control estratégico sobre el estrecho de Ormuz; imponiendo su amenaza terrorista sobre una infraestructura natural tan esencial para el Golfo y la economía global. Y ésta, junto con el posible levantamiento de las sanciones a Teherán, y el desbloqueo de sus activos financieros congelados en el exterior, son la peor consecuencia de una guerra que, de no cerrarse correctamente, habría aumentado la preeminencia de Irán en la región y frente a sus rivales locales; e incluso su poder para desestabilizar los mercados y aumentar el precio de los combustibles en todo el mundo.
Para calmar las presiones de Qatar, Kuwait, Emiratos, Bahréin, Arabia Saudí y Jordania (que desean recuperar su reputación como destinos atractivos para el turismo y los negocios), además de las de Egipto, Turquía y del mediador Pakistán, al tiempo que reforzar su imagen de victoria, Trump necesita ampliar los Acuerdos de Abraham, e imponer restricciones al programa de rearme iraní; sin olvidar que el petróleo mundial es ya un factor más determinante que la propia amenaza nuclear. Aun así, el portavoz de Exteriores iraní asegura que la única forma de tratar la cuestión nuclear es que el Pentágono se comprometa a cumplir las condiciones derivadas de la tregua. Pero la producción de uranio para uso civil, y la gestión de los cuatrocientos cuarenta kilos de material enriquecido por encima del 60% que atesora Teherán (así como el que posee a niveles superiores al 20%), siguen sin resolverse.
Aquí Israel juega un papel tan decisivo como incómodo, pues necesita de forma casi existencial que la amenaza nuclear y el programa balístico iraníes desaparezcan; y no desea que la tregua afecte a su lucha contra Hezbollah en el Líbano. Y es en este plano en el que Benjamin Netanyahu se hace fuerte, puesto que sabe que cuenta con el apoyo de la rama más conservadora y alineada a Tel Aviv del Partido Republicano; congresistas y senadores que apostaban por la caída del régimen y la destrucción total de su infraestructura bélica. Para frenar esa corriente ‘antipacifista’, el líder supremo, el ayatolá Mojtaba Jameneí, desea aceptar el borrador del Memorando; y el presidente iraní Masoud Pezeshkian afirma que están “dispuestos a asegurar al mundo que no buscan armas nucleares”. Pero la credibilidad de Irán es limitada, como ha demostrado el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA).
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