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Opinión | Reflexión pública

Escritor

El mundo de los congelados

Recuerdo un aspecto del mundo de los congelados, y en el mundo rural. Fue en la taberna de Asorey, en la parroquia de Santa María de Cequeril (Cuntis). Hacia los años setenta, se encontraba allí un aparato frigorífico grande, que contenía en congelación merluza, pollo y pulpo. Recuerdo que la merluza venía con aboyaduras. Parecía que, allí, esta instalación no iba a resultar; pero en realidad resultó un éxito (si bien a largo plazo). Se vendía sobre todo pulpo porque recordaba al riquísimo de las ferias. Una parroquia remota, y muy interesante, se había unido a la novedad, a la utilidad y al negocio de la tecnología, se había actualizado y había facilitado el cocinar diario.

Se presentaba el uso de esos productos congelados como una cantidad repetida y abundante para remediar una urgencia, solucionar un apuro por alguien que se presenta de repente, disponer de un alimento asegurado por una enfermedad: el no poder salir de casa y el acumular como previsión los alimentos congelados ante una situación de conflicto grave, en situación posible. Por supuesto que las cantidades del uso mismo estaban determinadas por el número de habitantes de la parroquia y el número de los habitantes de las casas, así como también por la decisión lúcida de atreverse a comprar algo desconocido, en principio. Consideremos que el «hogar» de los productos congelados era el congelador mismo dentro del frigorífico, aquí, la cámara frigorífica. No es nada difícil deducir de ello el beneficio, la comodidad, el servicio que esta novedad aportaba. Constituyó una innovación, en paralelo con la pescantina que traía pescado fresco a esta parroquia y a otras colindantes; ello conllevaba una espera con ilusión.

Como recuerdo, evoco las neveras construídas en el Medievo por los monjes del monasterio de Aciveiro, cerca del alto del Candán (las estudió Bouza-Brey); y también las neveras construídas por el Cabildo de las Palmas de Gran Canaria en lo más alto de la isla. La finalidad era la misma: conservar allí los alimentos, y traerlos, y bajar en mulas los grandes bloques de hielo para refrescar las bebidas en los calurosos meses. Un refinamiento técnico, natural e ingenioso en unión con el conocimiento de las leyes de la Naturaleza.

Podemos hacer pasar los alimentos congelados a través del Utilitarismo: la mejor acción es la que produce mayor felicidad y mayor bienestar para el mayor número posible de personas. Lo que cuentan son los resultados. También por el Pragmatismo: prioriza la utilidad, la eficacia y las consecuencias prácticas de las cosas. Le interesan los resultados positivos de la vida real. Las ideas son herramientas con eficacia para la vida. También por el Materialismo: se refiere a cualquier sustancia que puede ser vista y tocada (y saboreada, aquí ) y que impele a un beneficio. De fondo, el progreso: un éxito en la vida. Los congelados superan con éxito estas tres pruebas; que nos sigan beneficiando

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