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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

El discurso del papa

Mientras nos precipitamos de cabeza a las elecciones en el Real Madrid, Robert Prevost ha dicho que él es precisamente de ese equipo. Atrás queda el San Lorenzo de Almagro de Francisco. Ay. Prevost viene de Chicago, lo cual es una dificultad para torcer por un equipo local de fútbol, pues allí el soccer, a pesar del Mundial, es todavía minoritario y un poco exótico. Pero dejará de serlo en poco tiempo. Esta es una anécdota aérea: lo dijo el papa en el avión, donde cada vez se dan más ruedas de prensa. Trump, que no es del palo de este pontífice, ni viceversa, es un ejemplo de las ruedas de prensa en las nubes. En el caso de Trump, literal. Da igual de qué equipo sea Prevost. Y ya dijo que, como papa, es de todos. Diplomacia vaticana y futbolística. Bien. Y más si has de viajar a Barcelona… Todo en plan broma, ya digo, por mucho que Florentino y Enrique Riquelme (ese juego fonético, esa aliteración curiosa entre el nombre y el apellido del candidato, tiene su aquel) se enfrenten en domingo, con la visita de este Prevost madridista al fondo.

Lo que se ansiaba era el discurso del papa. Dará algunos más, acudirá también al corazón del poder democrático, y ese no es asunto menor. Alguno se quejó, porque creen que Sánchez saca tajada vaticana, pero, qué quieren, es el presidente en ejercicio. León XIV será más o menos rojo, no nos pongamos tan estupendos con los adjetivos, pero sí parece dispuesto a luchar por la defensa de los valores democráticos y por la libertad de las personas. Hay que discutir sobre esto, porque existen hoy demasiadas actitudes contrarias al humanismo y a la compasión. El mundo autoritario, el poder de ciertos líderes flanqueados por magnates que quieren dominar la tecnología y, así, dominar el planeta, nos pone en evidente peligro. Y no es sólo la IA. Estas palabras de Tolkien, que además era muy católico, toman más sentido en el mundo de hoy: “un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en la oscuridad…”

De esto habló Prevost en su oportuna encíclica, que ya comentamos aquí. No siento un ápice de tecnofobia, todo lo contrario, pero me opongo a una vida encadenada al poder tecnológico, a una existencia orwelliana, a una nueva forma de esclavismo. Algunos lo pretenden, pero no podemos permitirlo.

En el discurso de ayer, muy elaborado, nada superficial ni coyuntural, el papa León arremetió contra el populismo que está destrozando la vida de la gente. Se remitió a la complejidad, que es básica para el éxito de una democracia. La superficialidad, el maniqueísmo, la falta de matices, o sea, dar pábulo a la ignorancia, es una herramienta tosca que, sin embargo, logra hackear la mente de algunos. Prevost habló de la educación “libre y de calidad”, y de eso se trata. Habló contra “la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones”. Más claro, agua. El que tenga oídos, que oiga.

En materia de avances sociales y educativos, llegó más lejos, fue aún más preciso: “dar un salto cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad y la investigación”, dijo. Debería ser escuchado de inmediato, ante los recortes y el deterioro que sufre la enseñanza pública. Porque en eso consiste construir el futuro de un país, quizás más que ninguna otra cosa. Con todo, fueron sus palabras contra las “narrativas divisivas” las que más resonaron. Proclamar la necesidad de más encuentros y menos encontronazos puede parecer una postura diplomática, pero aquí había un apoyo concreto al multilateralismo y a la defensa del derecho internacional desplegados por este país, a la confluencia de culturas y a la inmigración. Hay ciertos puntos en su discurso que deben formar parte de la acción de un país moderno: educación en libertad, multiculturalismo y elogio de la diversidad europea. Así es como debería construirse el futuro.

Uno se mueve exclusivamente en el terreno laico, pero algo bueno estará haciendo Prevost cuando habla en estos términos contra el populismo divisivo y la siembra de la ignorancia, contra el tecnofascismo en marcha y contra el silencio, la complicidad, o el entusiasmo de algunos, ante la guerra. Colisionar con Trump, como él viene haciendo, es síntoma de inteligencia.

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