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Opinión | POLÍTICAS DE BABEL

Profesor universitario

El poder de León XIV

Llegó el papa León XIV a España generando una gran expectación. La mirada de medio mundo llevaba semanas enfocada en sus mensajes pastorales, especialmente en las connotaciones políticas que pudiesen contener. Es lógico. Es el primer viaje del nuevo Sumo Pontífice a un país relevante de Occidente. Además, el hecho de que haya sido nuestro país el elegido facilita la conexión con la Iglesia Católica de América Latina, la más amplia y dinámica del mundo. Y esto es relevante como altavoz apostólico entre las diversas comunidades católicas, especialmente dada la rápida proliferación de las iglesias evangélicas que priorizan la relación individual y directa con Dios, frente al papel mediador que pueda realizar el propio Papa.

Esta inquietud se acrecienta todavía más con los evangélicos neopentecostales, cuyo poder social continúa aumentando desde finales del siglo pasado; y se ha ido reforzando debido al énfasis que ponen en la teología de la prosperidad, y en la cuita espiritual y el ámbito de la fe como motores del desarrollo económico y el éxito personal. Frente a estas nuevas corrientes escoradas hacia el conservadurismo y las derechas internacionales más extremistas y populistas, León XIV representa la tradición y los valores de una Iglesia Católica convencional, que ha pasado a ser objeto de defensa a nivel incluso geoestratégico. De ahí que sus mensajes emanen de la situación azarosa que vive el mundo incluso en términos de conflictos globales y desafíos universales.

Por eso el noveno soberano de la Ciudad del Vaticano se dirige al pueblo y a los Gobiernos, promulgando la paz frente a la guerra (en Oriente Medio, por ejemplo), la unidad frente a la polarización (radicalismos, populismos, etc.), o la inclusión frente a la exclusión (inmigrantes, minorías, convictos, vulnerables, víctimas de abusos, etc.). Todo ello forma parte de una nueva doctrina social que en sus principios clásicos, sin embargo, apenas ha variado (eutanasia, aborto, celibato, sacerdocio de mujeres, preservativos, etc.). Aun así, desde la firma en 1929 del Tratado de Letrán o “pactos lateranenses”, la Sede Apostólica del obispo de Roma, como Gobierno central de la Iglesia Católica, se comprometió a “permanecer ajena a competiciones temporales entre los demás estados y congresos internacionales organizados con tal fin”. Es más; el artículo 24 del Pacto señala que “la Ciudad del Vaticano será considerada, siempre y en todo caso, territorio neutral”. Así, entre sus competencias “en el campo internacional”, la Santa Sede sólo actuará en caso de que “las partes contendientes apelen concordes a su misión de paz, reservándose en todo caso hacer valer su potestad moral y espiritual”. De ahí su estatus de Estado “observador” en la ONU desde 1964.

Pese a ello, el poder real de la Iglesia Católica es máximo. No debemos olvidar que el Vaticano atesora la vía de enlace más poderosa del mundo, pues sus vínculos con las redes eclesiales de cada país, región y ciudad le permiten a la Nunciatura Apostólica, como máximo órgano diplomático, transmitir de manera directa su misión evangelizadora. Así, el compromiso vaticano ha ido matizándose a lo largo de los últimos cien años; desde el mensaje de paz de Benedicto XV en tiempos de la Primera Guerra Mundial, hasta la defensa de los Derechos Humanos a partir de los años 60, pasando por la postura frente al comunismo de Juan Pablo II, la crítica a las armas y a la pena de muerte de Francisco, o la apelación a la justicia y a la reconciliación de León XIV incluso a través de la “gobernanza de la IA” que dicta su encíclica Magnifica Humanitas.

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