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Opinión | La lectura y los libros

Médico

La hipótesis mecánica

Una de las ilusiones más extendidas en nuestra época, y de las que menos conscientes somos, consiste en considerar nuestro cuerpo una máquina, y una fácilmente reparable. Duele una articulación, falla una válvula cardíaca, degenera un disco intervertebral, sustituimos el elemento alterado y asunto resuelto.

Esta creencia, tan extendida en el público, pero presente también en no pocos profesionales sanitarios, merece un nombre: hipótesis mecánica.

El error está en atribuir a la técnica una promesa de restitución completa. Según esta fantasía, nos devolvería al estado previo a la enfermedad. Pero el cuerpo humano no es un automóvil ni una cadena de montaje; no está compuesto por piezas intercambiables.

Cada intervención, incluso la mejor indicada y ejecutada, se realiza sobre una realidad viva, frágil, cambiante, que puede ser portadora de inflamación, daño vascular, cicatrices u otras circunstancias limitantes, que seguirán actuando sobre la «pieza de recambio».

La medicina moderna ha logrado éxitos indiscutibles. Ha aliviado dolores antes inasumibles, ha prolongado vidas y ha devuelto funciones pérdidas a innumerables personas. Negarlo sería absurdo e injusto. Lo que conviene discutir es su divinización. Porque cuando la magnificamos y dejamos de considerarla una ayuda que debe usarse con criterio y prudencia, desarrollamos una relación infantil con la enfermedad: el paciente espera «quedar como nuevo»; el médico puede estimar con displicencia las posibles complicaciones; y la sociedad entera se acostumbra a pensar que todo límite corporal es provisional y negociable.

Sin embargo, el cuerpo puede rebelarse. Algunas veces lo hace ya en el momento de realizar la intervención; en otras ocasiones ocurre meses o años después. Puede reaccionar mal a un fármaco, a una infiltración, a una prótesis, entre otras múltiples posibilidades.

Y aún cuando nada vaya mal, el resultado de una intervención nunca supone exactamente retrotraernos a la situación previa a la enfermedad. Hay mejoría, alivio, ganancia funcional; excepcionalmente restitución total.

La madurez ante la enfermedad empieza precisamente ahí, en asumir esta realidad, tan dura para la mentalidad de nuestra época.

Por eso el dolor, sin ser un bien, puede contener una enseñanza. No sólo pide alivio; pide también prudencia. Obliga a bajar la velocidad de la máquina, justamente porque no somos máquinas. Nos recuerda que vivir humanamente incluye aceptar límites.

La gran pregunta acerca la medicina no es si puede hacerlo todo, sino cuándo debe hacer aquello que sí es capaz de hacer.

Frente a la hipótesis mecánica, convendría reivindicar una noción más humilde que reúna conocimiento de las posibilidades de la técnica, conciencia de los riesgos y respeto por los límites.

La ciencia y técnica médicas constituyen una de las grandes conquistas de nuestro tiempo. Convertirlas en religión, en cambio, es una muy peligrosa forma de ingenuidad, que es responsable de muertes y sufrimiento.

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