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Opinión | GLOBAL-MENTE

Periodista

La lección de dignidad de los albaneses

Durante décadas cargó con el estigma de ser el país más pobre de Europa. Pues ya no, Albania está por delante de Ucrania, Moldavia y Kosovo. Quizás por esa fama el promotor inmobiliario Jared Kushner y su esposa Ivanka Trump pensaron que sería fácil construir un megaproyecto hotelero de lujo en la costa adriática de Albania. El lugar escogido es el humedal protegido de Vjosa-Narta donde recalan flamencos, focas monje y tortugas boba. Allí quieren levantar hoteles cinco estrellas y un puerto deportivo para los ultrarricos del planeta. Además quieren convertir la isla desierta de Sazan en un resort exclusivo aprovechando los búnkeres de la época de Enver Hoxa.Y ¿por qué no?, pensarían.

No contaban con que, al entrar a saco las excavadoras en las dunas, se iba a montar una protesta del tal calibre que se hizo viral por las redes sociales.

Los jóvenes albaneses ya le pusieron nombre, la Revolución de los flamencos, y anuncian que no están dispuestos a vender su país a cambio de inversiones mil millonarias en turismo de élite, por mucho que se empeñe el primer ministro albanés, Edi Rama.

La protesta ya consiguió una primera victoria: parar las máquinas hasta que se haga el estudio de impacto ambiental. Sí, se lo saltaron alegremente con la preciosa ayuda de legisladores y altos cargos. Primero aprobaron en 2015 la Ley de Inversiones Estratégicas que da todo tipo de facilidades, expropiación de terrenos entre otras, a grandes proyectos turísticos y en 2024 la Enmienda de Áreas Protegidas, que suprime la prohibición de edificar hoteles de lujo en humedales protegidos.

El caso está ahora bajo la lupa de la Fiscalía Anticorrupción (SPAK) por si hubo modificación de zonas protegidas o terrenos comunales vendidos falsamente como propiedades privadas. Y Bruselas vigila de cerca, ya que Albania tiene que cumplir con las exigencias del Capítulo 27 sobre Medioambiente y Cambio Climático para llegar a la ansiada adhesión en 2030.

Tirana tiene prisa por dejar atrás el pasado, y sus dirigentes creen que convertir el litoral en un destino turístico para millonarios es la vía rápida para crecer. El pequeño país de 2,75 millones de habitantes ha pagado un alto precio por remontar desde el abismo en que estaba sumido tras los 41 años de la dictadura estalinista de Enver Hoxa. Un período en el que el hermetismo y el aislacionismo, incluso rompió con Yugoslavia, la URSS y China, dejó a Albania fuera del mapamundi. En su paranoia el dictador llenó el territorio con decenas de miles de búnkeres por si acaso alguien lo invadía.

Cayó el comunismo en 1991 y llegó el capitalismo salvaje: en 1997 los albaneses se arruinaron con la gigantesca estafa de las piramidales que fueran avaladas por el presidente Sali Berisha. El colapso total del Estado hundió al país en una suerte de guerra civil en la que prosperaron las mafias. Para salir adelante Albania se sometió a una cura de austeridad draconiana y solo las remesas de sus emigrantes -el 45% de la población según el INSTAT- inyectaron el dinero necesario para reanimar la economía.

El turismo es la otra fuente de divisas que permitió un crecimiento económico sostenido en las últimas décadas. Pero ahora la joven generación de albaneses no quiere que sea a costa de la naturaleza, los recursos naturales y el trabajo precario. Sueñan con un futuro digno para su país. Se lo merecen.

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