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Opinión | Reflexión pública

Escritor

El mensaje del cine

Le cinema, es en francés, ya se sabe. Al margen de los grandes carteles, ansia valiosa de los coleccionistas y algunos se ven en almonedas, se distribuían pequeños carteles de mano, que funcionaban tanto de anuncio como de recuerdo. Era como una pequeña celebración impresa. Normalmente estos carteles se repartían en los estrenos en las cines de las capitales: era un acontecimiento, mucho más que una reunión social. Era una vivencia en directo del arte de la imagen en movimiento. Después, dentro, el silencio y la mirada eran los otros protagonistas.

Se da una especie de prodigio que la costumbre anula, que una repetición de visión no capta, que la percepción pura y en directo dentro del cine y hacia la pantalla no tiene en cuenta, y es que en el cine y durante la proyección de una película vislumbramos a los actores y a las actrices como artistas de cine, que se dice, pero también, a la vez, como personas. Esto se percibe sobre todo en las películas realistas y de época actual: tal cual. Cuando la acción se desarrolla en la actualidad se nota de una manera pura, sin mezclas. Este hecho posee una importancia antropológica muy grande porque permite al espectador preparado y curioso estudiarlos como personas y valorarlos como artistas; o si quiere: detectar rasgos de su realidad humana: la preocupación, la ansiedad , etc, y rasgos de su magneficencia artística como entrega total al arte cinematográfico. Secuencias, filminas, comentarios de un crítico, primeros planos, el rostro... Aplicar la Fenomenología y la Psicología conductista podría sacar resultados y conclusiones determinantes.

Se podría hablar de la historia sociológica del cine, mejor, aquí, de los cines. De aquellos cines que ahora son memoria (y afecto) frente a su desaparición absurda y cutre. Se extendían por ciudades, pero sobre todo por pueblos. En mi memoria, Cuntis, Noia, Betanzos, A Cañiza, Ponteareas, Caldas de Reis, Ortigueira… Los rollos de las películas llegaban en el coche de línea dentro de un saco fuerte con precinto de garantía y una etiqueta con título y destino. La película ‘Cinema Paradiso’ narra todo esto maravillosamente. Es un canto a la nostalgia. La nostalgia es la garantía y la señal de que un pedazo de nuestra vida lo vivimos intensa y verdaderamente. Por eso es un formidable estímulo a proseguir. Igualmente, pasan por nuestra memoria cantidad de películas que acompañaron felizmente nuestras vidas. Desde hace unas décadas, por fortuna, se da lo que denomino cine del atrevimiento, quiero decir con ello cine de la necesaria y audaz verdad, por encima de prejuicios y de hipocresías. Resaltan ahora en los cines ‘En el camino’ y ‘La luz’: de temática gay y de los abusos sexuales de un cura. Se sabe de sobra las variaciones de temática gay en las películas de Almodóvar. Existe un poder profundo desde la rebeldía, un rebote potente contra lo indebido, un ataque eficaz con mensaje contra lo falso, lo podrido y lo mediocre, y todo esto que digo aparece en el cine con una fuerza y mensaje jamás vistos hasta ahora. A la iglesia, en modo convencional, y a la derecha, en modo convencional, o sea, parcial y tendencioso, les molesta porque saben de sobra que no pueden erradicarlo.

Es mucho mejor llamarle al cine «una fábrica de sueños» que llamarle «una industria del entretenimiento». Lo segundo es ligero, banal, posmoderno, superficial, poco inteligente; lo primero es acertado, lírico, enorme, completo, cultural, espiritual: porque más allá del mensaje de las imágenes, el cine en sí mismo ayuda a vivir, muchas de las películas son profundas, aleccionan, confirman e impelen nuestra conducta, y, sobre todo, sus argumentos y guiones tocan claramente con la realidad de la vida, de la vida concreta con sus situaciones, positivas y negativas, en esa dualidad eterna y fascinante.

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