Opinión | Buenos días y buena suerte
¿Está cambiando Europa (para mal)?
Trump llegó atropelladamente a la reunión de Évian, marco incomparable, ya saben, diciendo eso de “I’m the boss (yo soy el jefe)”. El yoísmo es lo suyo. Lo dijo entre bromas y veras, con cierto guiño de complicidad que Macron, siempre con ese toque inconfundible del Elíseo, donde la diplomacia es como una ducha de colonia cara, no dudó en aceptar. Tratemos bien a este muchacho, parecía decir, que, además, viene de celebrar su 80 cumpleaños, apenas unas horas antes, en la Casa Blanca. Y Trump odia los cumpleaños propios (no sé los ajenos), por lo que deduzco que sería mejor que celebrase los incumpleaños, como hacían el sombrerero loco y la liebre de marzo en Alicia en el País de las maravillas. Évian es de una belleza incomparable, y el paraíso del agua mineral, con el permiso de Galicia, claro, así que no es un lugar en el que puedas decir que vas a pasar un mal trago.
La madrugada anterior habíamos contemplado (atónitos) las peleas UFC y el freestyle de los moteros, que se celebraron a pocos metros del insigne edificio washingtoniano, símbolo del poder global. Que a saber cómo habrán dejado el césped. También se escuchó alguna faltada contra Obama o contra su mujer, en plena euforia de puños fuera. Pero resulta que Trump es casi capaz de estar en dos sitios a la vez, sobre todo si se trata de reuniones que impliquen espectáculo a su favor y discursos complacientes que le alegren el día. Tienes que ser muy rico y tener mucho poder para hacer estas cosas.
La reunión de Évian ofrecía una agenda importante, porque iba de renovar la defensa de Ucrania, por ejemplo, y además se trataba de un encuentro G7, y eso son palabras mayores. Sin embargo, Trump ya tenía en mente la escenificación del acuerdo de paz con Irán, aunque sea un acuerdo temporal, con sus dudas, sus idas y venidas, y en este plan. Trump vino a firmar el tratado en territorio europeo, en Versalles, que siempre ha sido un sitio muy de firmar tratados, enseñando a sus aliados, o eso creo, lo bien que ha hecho la paz, después de haber declarado una guerra de tan difícil explicación. Los expertos dicen que, en realidad, ha hecho un pan como unas hostias. Porque las cosas apenas vuelven al status quo anterior, sin que se vea clara la victoria de nadie, sino más bien la derrota de todos. Aunque con más ganancia para Teherán. Ni una mención a ejecuciones ni latigazos, ya puestos. Pero lo del petróleo (que fluya, que fluya), todo ok. La firma quedó muy solemne y tal.
Con esta artimaña, Trump logró apuntarse casi todos los tantos del G7, en plan triplete de Messi, y firmar en Versalles, que mola. También hay que reconocer que los poderosos lo recibieron con entusiasmo acariciador de lomo, porque, como siempre dicen en Europa, a Trump es mejor tenerlo contento. Y darle un poco la razón, o que se lo crea, añado yo. Pero ¿no se nos estará yendo de las manos? Trump lo mismo te dice una cosa que te dice otra. Habló de reducir efectivos militares en Europa, en plan castigo, porque no le gusta el trato de los aliados y cree que paga excesiva factura. Si le mencionas a Pedro, mucho peor. Mientras Europa redefine su plan de defensa, que es un tema peliagudo, en lo económico, en lo social, en lo diplomático y, por supuesto, en lo militar, se intenta calmar a Trump y hacerle una firma guapa. Lo malo del norteamericano es que no puede estar quieto, tiende a zascandil, y en cuanto suelta una guerra se pone con otra bronca. Algo que le otorgue protagonismo y le arregle un poco las encuestas.
Lo que me preocupa de verdad es Europa. Con Trump poco más se puede hacer. Y con él se aplica la máxima de “con estos bueyes hemos de arar”. Pero esta Europa que no acaba de aclararse, aun admitiendo su complejidad, y la extrema dificultad de la guerra en Ucrania, me preocupa. Y soy un gran defensor del proyecto europeo. Hay malos síntomas. La limitación del peligroso ascenso de la ultraderecha se complica. No sólo está el escenario del Reino Unido, donde Starmer (y los tories) viven un momento de gran desencanto que, por supuesto, está alimentando a Farage (frente a los que esperan volver a Europa un día, que no son pocos). El deseo de contentar a Trump no puede parecerse a una rendición. No puede implicar una renuncia al espíritu de Europa. ¿Qué decir del reciente respaldo de la Eurocámara a las expulsiones de inmigrantes a terceros países, a la creación de centros de deportación? Es una derrota. Una cesión. Una renuncia incomprensible, en medio de un mundo feroz para muchos. Es comprar la agenda de Meloni, pero no sólo de ella, obviamente. Si Europa toma este camino, tendremos que dejar de creer en ella. Justo lo que pretenden los que desean destruirla.
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