Opinión | El trasluz
Los objetos domésticos

Una bicicleta estática.
El cerebro administra el asombro con prudencia, como quien raciona un bien muy querido. De otro modo, viviríamos permanentemente extasiados frente a las nubes, frente a un geranio, frente a una simple cuchara. Recuerdo que, en los primeros días del encierro provocado por la pandemia de 2020, al moverme por la casa, empecé a observar algunas de mis viejas pertenencias como si fueran nuevas. Lo más sorprendente fue el redescubrimiento de una bicicleta estática adquirida hace años y dejada de usar a los pocos meses de salir de la tienda. En algún momento dejé también de verla, pese a que me obligaba a efectuar un pequeño rodeo para alcanzar mi mesa de trabajo. Creo que fue al tercer o cuarto día del encierro cuando reparé de nuevo en ella y me pareció hermosísima como simple escultura, además de enormemente útil para hacer ejercicio.
¿Cuánto tiempo tiene que pasar antes de que dejemos de ver las cosas que tenemos delante?
La bicicleta era negra y plateada, con un pequeño ordenador en el manillar capaz de informar del pulso, de las calorías consumidas y quizá también, si uno hubiera sabido pulsar la tecla adecuada, del sentido de la vida. Pero yo la ignoraba de forma concienzuda, como si formara parte de la arquitectura de la vivienda. Aquellos días del encierro tuvieron algo de laboratorio perceptivo. Clausurada la realidad exterior, los objetos domésticos reclamaban el protagonismo perdido. El rallador del queso me pareció una pieza de tortura medieval. Las pinzas de tender la ropa adquirieron una dignidad casi biológica. Podía pasarme un cuarto de hora admirando las formas, todas pertinentes, de una tetera de cerámica.
La bicicleta estática me provocaba la emoción que el utensilio de una civilización desaparecida habría desencadenado en un arqueólogo. Las cosas no desaparecen, en fin, sino que sobreviven demasiado tiempo ante nuestros ojos. La retina, agotada, termina declarando un armisticio. Entonces dejamos de ver el sillón, la lámpara, el rostro del cónyuge o nuestra propia mano. Hasta que una pandemia, una ausencia o una muerte vienen a devolvérnoslos, durante unos segundos, a su estado salvaje.
Fuente: La Nueva España
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