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Opinión | Global-mente

Periodista

Mi prima desde La Habana

El mensaje me llegó en la madrugada de este martes. Nos escribimos de vez en cuando por WhatsApp, para saber una de la otra. Me había enviado las medidas de liberalización de la economía recién anunciadas por el Gobierno cubano, en uno de los escasos momentos en que hay internet. A mi habitual, ¿qué tal estáis?, me respondió:

«Hola Beatriz. De salud estamos bastante bien. Aguantando como podemos los apagones y la falta de agua. Hace un mes que no recibimos agua en casa. No hay electricidad en la fuente de abasto y no pueden encender las bombas. Los desechos de basura invaden las esquinas y nadie la recoge. PP y yo tratamos de alimentarnos lo mejor posible y por suerte no hemos cogido ni catarro. Vamos a ver si todo lo que dicen que van a hacer, lo cumplen. Es un cambio drástico en el sistema económico, que debió haberse permitido hace más de 40 años, cuando comenzaron a ver que las utopías socialistas no funcionan. No porque no sirvan totalmente, sino porque los gobernantes las corrompen y el pueblo paga. Además, tienen que empezar por ganarse la confianza del mundo entero para que alguien venga a invertir en un país destruido y empobrecido. Espero que aún nos queden años de vida suficientes para poder beneficiarnos en algo con estos cambios. La esperanza es lo último que se pierde.

Les envié lo publicado para que vean el viraje de 180° que se avecina.

Gracias por mantenerse al tanto de nosotros. Un fuerte abrazo y un beso».

Mi prima Elena es la última persona de mi familia que sigue en Cuba, poco a poco los demás se fueron yendo, decepcionados. Recuerdo la conversación que tuve con uno de mis primos durante el «período especial» en 1991, cuando el colapso de la Unión Soviética dejó a Cuba sin petróleo, con aún más racionamiento, agarrada al salvavidas del turismo. Mi primo, que era joven y tenía hijos pequeños, me dijo susurrando en el vestíbulo del hotel Nacional, que se iba a ir de la isla, que quería darles a sus hijos un futuro que allí no veía ni por asomo. Y se fue.

Un viaje, el de la emigración, que mi abuelo materno emprendió a principios del siglo XX, en sentido contrario. Se fue solo, con 13 años, descalzo, analfabeto, «sen un can no peto», solo el pasaje para La Habana. Se fue, con enorme pena de su madre, escapando de la miseria de su aldea del Xistral, «para mayor gloria de España», se dolía. Me decía que allí el frío del invierno le mordía los nudillos y le salían sabañones. «Era un raposiño» decía recordando su vida. Estuvo en A Coruña una semana esperando poder embarcar en el siguiente trasatlántico porque en el que iba a ir, con el que sería su suegro, iba lleno y se fue sin él. Cuando le pedía ó meu avó que me contara de Cuba todo era agradecimiento, «es –me decía en el castellano que aprendió en Cuba– la perla del Caribe». Nunca un reproche ni una mala palabra a pesar de que allí quedó parte de su fortuna, fruto de su trabajo. Dos de sus hijos nacieron en La Habana, a Antía, mi madre, le brillaban los ojos cuando recordaba las sesiones de cine, los helados Copelia y a sus primas, todas universitarias –decía con orgullo. Aprendió a leer y escribir en la escuela Concepción Arenal del Centro Gallego de La Habana, fue la base de su vocación de maestra y pedagoga. En mi familia todo se lo debemos a Cuba, por eso escribo este artículo, con tristeza pero con la esperanza de que ese querido pueblo salga adelante, con dignidad e independencia.

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