Opinión | El trasluz
Misterios químicos

Todos somos aleaciones. / Agencias
En el bronce, que es la suma del cobre y el estaño, no hay forma de reconocer ni el cobre ni el estaño. Surge de su encuentro, pero al modo de una aparición. Las cosas no son siempre fieles a su origen. A veces juntas dos elementos relativamente humildes y aparece algo nuevo, duro, sonoro, casi noble. El bronce, por si fuera poco, inaugura una edad histórica, una civilización. No fue solo una mezcla, en fin: alumbró una metamorfosis cultural. Por eso nos sorprende. Hay personas que, cuando están solas, resultan corrientes, pero que al juntarse con otras producen un tercer ser inesperado. Dos mediocridades pueden generar algo de una intensidad enorme. O al revés: dos inteligencias brillantes dan lugar con frecuencia a una ensalada inerte. Hay conversaciones que funcionan como aleaciones. Entra uno en ellas siendo cobre o estaño y sale siendo otra cosa irreconocible.
Las palabras “cobre” y “estaño” son bastante prosaicas. “Bronce”, en cambio, tiene resonancias épicas: estatuas de próceres, de generales, incluso de poetas laureados, además de campanas, medallas, y trofeos sin fin. Parece imposible que ese término proceda de los otros dos, igual que hay hijos cuyos rasgos no parecen venir de ningún progenitor visible, como si hubieran heredado genes de un desconocido.
Y luego está el milagro químico en sí mismo: que la realidad permita producir estos saltos. Que el universo no sea una contabilidad plana, sino un lugar donde las combinaciones producen caracteres nuevos. El agua, por ejemplo, tampoco se parece al hidrógeno ni al oxígeno. De hecho, si no conociéramos su fórmula, jamás sospecharíamos que un líquido capaz de apagar incendios está hecho de dos gases, uno de ellos inflamable. La existencia tiene vocación de novela fantástica, pero la llamamos química para tranquilizarnos. Quizá lo que sugiere el bronce, y las estatuas que se erigen con él para solaz de las palomas, es precisamente eso: que vivimos rodeados de identidades aparentes. Que casi nada es solo lo que parece ser. Que en el fondo todos somos aleaciones.
Fuente: La Nueva España
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