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Opinión | Con sentido común

Notario jubilado

Los retos de la Iglesia

Perfecta organización en la visita del Papa, con las dificultades que implica coordinar diferentes instituciones; acogida multitudinaria y encuentros con diferentes estratos de la sociedad española: juventud, cultura, trabajo, arte, empresa, Iglesia, política, inmigrantes, …

Lo fundamental fueron sus mensajes trascendentes sobre la posición de la Iglesia ante los grandes retos del mundo en el siglo XXI. Y lo hizo con decisión, sencillez y claridad, sin usar la comodidad de la diplomacia. Me permito resaltar los que siguen.

Invitó a los políticos «…a alzar la mirada, porque cada decisión pública toca a personas de carne y hueso» y les recordó que «Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera».

Reiteró la postura de la Iglesia ante el ser humano, la familia y la bioética: «¿Es plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?».

Recordó el valor de la familia, primera escuela de la humanidad, donde se recibe la vida, se pertenece, se cuida al otro, se perdona, se sirve. «Ante las transformaciones (IA), nuestros esfuerzos deben centrarse en qué lugar debe ocupar la persona en nuestras decisiones…» y en el respeto a la dignidad humana.

Si tuviera que elegir: «No es compatible profesar el cristianismo mientras se desprecia al prójimo». Y nos animó a que «…la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy».

En cuanto a la migración, dijo: «Exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la gestión de flujos». «No se puede hablar de dignidad y dejar que los mares sean cementerios.» Los que llegan deben ser acogidos y esforzarse por su integración.

Invitó a los jóvenes a ser humanos, fiables, a no dejarse dominar por el placer, la riqueza o el poder, críticos con las falsedades y a no medir el valor personal por el éxito o la imagen.

Directrices iluminadoras para los católicos del siglo XXI, impregnadas de sentido social, siguiendo la doctrina de León XIII a finales del siglo XIX.

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