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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

El Brexit diez años después

Diez años después del fatídico referéndum del Brexit, los británicos todavía no tienen muy claro los beneficios de aquella improvisada decisión y votación. Ni la economía, ni la autonomía de Reino Unido, ni su capacidad de influencia internacional, nada; nada ha mejorado. Ninguna de aquellas dulces promesas se ha cumplido. E incluso la cuestión migratoria ha generado nuevos e inesperados problemas. De ahí la obsesión tranquila del malogrado Keir Starmer de retomar los lazos con la UE durante su breve y azaroso mandato. Recordemos que el primer ministro laborista votó por la permanencia en la UE; e incluso antes de ganar las elecciones de 2024, no ocultaba su deseo de “revisar el Pacto de Salida”, abriéndose, como ya expusimos aquí en octubre de 2023, a “renegociar hasta cuatro fórmulas (incluida la de ‘miembro asociado’) para mantener al máximo nivel posible los vínculos económicos, comerciales, diplomáticos y hasta jurídicos con los veintisiete antiguos socios de la Unión”.

Ese deseo de regresar “al marco de las negociaciones con la UE”, quedó evidenciado, de nuevo, el 3 de febrero del año pasado. Aquí mismo dimos cuenta de ello (“Los británicos están más cerca”, ECG 08/02/2025). Fue durante la reunión informal del Consejo Europeo celebrada en el palacio de Egmont de Bruselas. Allí Starmer habló de “estrechar vínculos con nuestro mayor socio comercial”. Algo semejante había expuesto el ‘premier’ días antes, el 31 de enero, coincidiendo con el quinto aniversario de la ruptura británica con la Unión. Unos meses más tarde, en primavera, se inició, precisamente, un “proceso especial de diálogo” en materia comercial y de Defensa, con el fin de “revisar el Acuerdo de Retirada de 2020, y el de Comercio y Cooperación de 2021”.

También el ámbito de la libertad de movimiento de personas ha salido perjudicado. Londres sigue sufriendo un desequilibrio inmigratorio; lo cual demuestra que Reino Unido se equivocó, pues las cifras oficiales de inmigración han continuado creciendo en territorio británico. La diferencia es que, ahora, muchos de los inmigrantes no llegan del territorio europeo continental, sino que son extracomunitarios, con lo que su integración, por ejemplo, resulta más difícil. Tampoco se ha resuelto aquel exceso de control por parte de la UE que lamentaban algunos políticos británicos. Los efectos económicos se sienten incluso en el ámbito administrativo y en el de las importaciones. Ahora, por ejemplo, los cargamentos son más caros, y la necesaria adquisición de productos más difícil. Las relaciones con España, Italia, Portugal y Francia constituyen un buen ejemplo. Aunque no hay tasas sobre mercancías, sí hay trabas de gestión que dificultan la adquisición de bienes y productos; lo cual desespera a los proveedores. Todo este desgaste repercute en el precio final del producto, que es asumido por los pacientes consumidores.

Sectores como el agroalimentario, el de las manufacturas, el industrial, el químico y farmacéutico, y hasta el automovilístico, han salido perjudicados. Y todavía hoy los acuerdos en materia sanitaria y fitosanitaria, los pactos sobre el reconocimiento de títulos y cualificaciones profesionales, o las negociaciones relativas a la movilidad laboral y formativa de los jóvenes de entre 18 y 30 años siguen siendo materia de debate a ambos lados del Canal de la Mancha. El resultado de semejante desgaste económico y comercial es una caída del PIB británico de entre un 6% y un 8%. Quizá por ello un 60% de los británicos reconoce que el Brexit no fue una buena idea; y tres de cada cuatro jóvenes de entre 18 y 24 años (que, lógicamente, no pudieron votar en el referéndum), consideran la ruptura con la UE como un error que les perjudicará en el futuro.

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