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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

Este Mundial africano

Es probable que, cuando acabe este Mundial de fútbol, descubramos que la victoria ha correspondido a los de siempre. A uno de esos países tradicionalmente asociados con los grandes triunfos futbolísticos, fundamentalmente países europeos, incluido, por supuesto, el nuestro. No me parece mal, porque, como se dice, el que tuvo retuvo (aunque no sé si esto vale para el fútbol), y está la tradición deportiva, y la capacidad de las instalaciones, y el empuje de la afición (para algunos es poco menos que una cuestión patriótica). Pero me alegra ver el papel de las selecciones africanas en este Mundial, que, además, se disputa, fundamentalmente, en Estados Unidos, ahora dirigido (es un decir) por una persona no precisamente muy proclive a aceptar a los inmigrantes y muy beligerante, si no excluyente, con ciertas culturas de otras latitudes. No es que alguna de estas selecciones vaya a dar una lección a Trump, al que, seguramente, el soccer le importe una higa, como no sea por el lado económico, lo único que al parecer le interesa. No: es sólo la constatación de que hay otros mundos, otros países, que ahora se suman a esta globalidad pelotera que, lo reconozco, tiene algo de religión.

Como ya escribimos aquí, si para España, o para Francia, o para Brasil, pongamos por caso, no ganar el Mundial produce necesariamente decepción, o una sensación de fracaso, para estos países emergentes (en casi todo, a veces inmersos en graves problemas políticos y sociales) el mero hecho de pasar de ronda dispara los niveles de satisfacción de sus aficionados, y crea una atmósfera (ilusoria, puede ser) de que las cosas empiezan a ir mejor. O, cuando menos, muchos sienten que, entre todos los males, y entre las dificultades de la vida, ese pequeño instante de gloria ofrece un poco de aire.

Tal vez, como ya dijimos también, el deporte no sirva para nada, pero es que las cosas que no sirven para nada pueden ser, paradójicamente, muy útiles. Hasta los europeos nos alegramos de las victorias de estos equipos, sobre todo africanos, pero no sólo, o nos sorprendemos esbozando una sonrisa al ver que ponen en entredicho el poder que a los grandes equipos se les supone, como si, en el fondo, volviera a ellos parte de la grandeza que les fue arrebatada, o parte de la dignidad. Como si se tratara de una justicia poética.

Sólo es fútbol, de acuerdo. Un espectáculo que, por cierto, nos hace atravesar con aire ausente este clima feroz de julio, entre el improbable frescor de las madrugadas, cuando se juegan muchos de los partidos por el cambio horario. Hay un cierto adormecimiento buscado, una somnolencia, una rendición, o más bien una modorra, que no sólo viene provocada por el cansancio infinito de la política, ese agotamiento que producen los debates feroces y surrealistas a todas horas, sino por el calor que abrasa sin piedad la península (mientras los que niegan el cambio climático siguen en sus trece, diga la ciencia lo que diga. El negacionismo tiene sus fervorosos practicantes). El Mundial es el decorado perfecto para atravesar las noches ardientes, ventanas abiertas, agua helada, y esas verdes praderas lejanas en las que esperas una victoria del Senegal, o del Congo, o de Costa de Marfil, contra los gigantes.

Ese paraíso que supone derrotar al grande (a menudo europeo, con toda su historia detrás, no pocas veces colonial) no suele alcanzarse. En las últimas horas vimos caer a los africanos, donde sólo Marruecos parece haberse incorporado de una vez por todas a los contendientes con posibilidades. Dolía ver esos goles en contra en los últimos minutos, esa caída tras tanto esfuerzo, esa crudeza de la derrota después de tantos minutos, cuando ya no quedaba espacio para la remontada. En fín. Es un juego. Y no siempre las decisiones arbitrales, ahora apoyadas por una tecnología casi del espacio, son las más justas. Tiendes a ir con el débil, pero: ¿serán las selecciones africanas débiles por mucho tiempo? ¿Acaso lo son en este momento? No lo creo.

Para mí, aunque algunos de esos países vayan cayendo por el camino, este es un Mundial africano. Me alegra: ante la mirada de Trump y los suyos. En realidad, sabemos que en el fútbol (sobre todo cuando se alcanza la elite) las fronteras se diluyen. No les pasa a todos los africanos, desde luego. Muchos han alcanzado las dulces praderas europeas, donde se valora su potencial físico y a veces la magia natural de su técnica. Algunos se han incorporado a selecciones de este continente, y otros han optado por las de sus progenitores, o sus ancestros. Hay quien mantiene a rajatabla un hermoso orgullo sobre sus orígenes pobres. Y, como escribimos hace poco, tampoco faltan historias dramáticas de africanos que alcanzaron nuestras costas de milagro y hoy son estrellas del fútbol. Aunque hablemos sólo de fútbol, que este sea un Mundial tan africano nos reconcilia con ese sueño imposible que muchos tenemos: que las fronteras no sirvan para impedir el desarrollo de la gente. Que la pobreza y el olvido no destruyan el futuro de las personas. Por eso produce impotencia la política que abomina de la apertura y el encuentro, la escasez de altura de miras, la triste cerrazón ante la grandeza de la multiculturalidad. Algunos venden el pragmatismo y la inmediatez como únicos valores políticos, pero la política también va de filosofía, de humanismo, de visiones complejas de la realidad. No caigamos en el maniqueísmo fácil. Épico Mundial, en el que se reivindica quien viene de lejos. Aunque sólo sea fútbol. Aunque sólo sea una liturgia para las masas.

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