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Opinión | POLÍTICAS DE BABEL

Profesor universitario

El aniversario de la gran potencia

La primera potencia del mundo celebra con todos los honores su 250 aniversario. Comparada con la mayoría de los países avanzados, su historia es tan corta como exitosa. A ello ha contribuido el pundonor de sus habitantes, sí; incluida también y, en grandísima medida, la aportación y el legado de cuantos fueron contribuyendo con su presencia y esfuerzo a la construcción de sus colonias. Aquella Declaración de Independencia que constituyó el origen de una nación, dejaba claro los objetivos de quienes estaban destinados a ser los pioneros formales y legales de una confederación de Estados; los padres fundadores de lo que hoy son los Estados Unidos de América (USA).

El documento, que actualmente se estudia en todos los institutos y universidades de Norteamérica, expone con lucidez las prioridades de un pueblo decidido a forjar su propio destino. Hoy día Donald Trump parece haber reasumido muchos de los preceptos derivados de aquella Declaración Unánime de los trece originarios Estados Unidos de América. Me refiero a la construcción de un Gobierno esencialmente propio, con un carácter netamente independiente, y capacidad para establecer un sistema de comercio con plena autonomía de acción y decisión. La diferencia con aquella valiente Acción del Segundo Congreso Continental celebrado el 4 de julio de 1776 en Filadelfia, concretamente en la Cámara Estatal de Pensilvania, radica en que aquellas colonias primigenias se sentían víctimas de un sistema de Gobierno liderado por un Rey de Gran Bretaña (Jorge III) al que consideraban cruel y “despótico”, y empecinado en “establecer una tiranía absoluta sobre sus Estados”. Es más; el texto final detalla “una larga sucesión de abusos y usurpaciones” que se denuncian, a modo de listado, en la que podría ser considerada la tercera sección de un manifiesto de marcado carácter jurídico.

Pues bien, las circunstancias que rodeaban aquella propuesta firmada hace 250 años, nada tienen que ver con la situación en la que situamos a EE.UU. durante ninguno de los dos mandatos de Trump. De ahí que el aislacionismo, el proteccionismo, e incluso el nacionalismo convenenciero del actual presidente surjan más de una actitud contraria al colaboracionismo global y al multilateralismo, que de una necesidad legal, económica o comercial de Washington. Digo más: aquella egregia Declaración incluso apelaba a la necesidad de reivindicar “ciertos Derechos inalienables”, tales como “la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”. Estos Derechos fundamentales están hoy día amparados por la Constitución de 1787, y por una doctrina consolidada en los diversos estamentos judiciales de la gran potencia. De hecho, están siendo sus propios tribunales estatales y federales los que siguen cuestionado algunas de las decisiones de la Administración Trump; tanto en el plano de las Órdenes Ejecutivas dictadas hacia el exterior, como en el de las firmadas en el ámbito de la política interior.

Y eso no es bueno para EE.UU., pues deteriora ese sentimiento patriótico que hasta hace poco definía el sentir y el pensar de los estadounidenses, al tiempo que genera animadversión y desconfianza en aquellos países que recientemente se consideraban aliados y socios de Washington. Lo peor es que, mientras esto sucede, un movimiento cada vez más obvio contra Occidente se abre paso en Asia y el Medio Oriente, con alianzas sutiles de carácter estratégicamente bilateral. China y Rusia, Teherán y Beijing, Moscú y Pyongyang, etc. Contextos dictatoriales que celebran con júbilo las dudas del proyecto europeo y el distanciamiento entre las dos orillas del Atlántico.

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