Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Una boda que vale por cuatro, un aniversario y un calor mortal
Los horarios del Mundial de fútbol no son muy buenos para España (aunque algunos coinciden a las 21.00, nuestra hora totémica), pero el calor sí es homologable. Me paso la madrugada haciendo pausas de hidratación. Y cuando vuelvo al sofá, como cuando los equipos vuelven al césped, las cosas ya no son iguales. Hay un instante en el que la pausa de hidratación te cambia, te rompe la estrategia y la rutina, aunque ya sea también una rutina.
Pues sepan que mientras ven el fútbol, esperando que se clasifique Cabo Verde, por ejemplo, sin que eso signifique ir contra nadie, hay un presidente que celebra los 250 años de la tradicionalmente conocida como democracia norteamericana, aunque ahora las cosas anden allí más bien como pollo sin cabeza. Trump ha manifestado, al parecer, su deseo de ser tallado en roca, para que su rostro de granito pueda ser contemplado por las generaciones venideras. El presidente se echó el viernes al monte, literalmente, al monte Rushmore, donde aparecen las efigies de algunos notable antecesores en el cargo. Dicen que Trump, aficionado a poner su nombre en letras bien grandes allá donde sea menester (rascacielos, hoteles, aviones, decretos), no le haría ascos a que su imagen se tallara en el susodicho monte, lo cual significaría que al menos algo de su presidencia podría resistir el paso del tiempo. Pero leo que en Rushmore apenas hay sitio, que la roca ya está muy pillada, y así.
Los fastos del 250 aniversario de los USA pivotan, como era de esperar, en torno a la figura de Trump, aunque leo en los papeles que las ferias populares pensadas para conmemorar el evento no producen mucho entusiasmo, no sólo porque la política divisiva de Trump está dejando muy polarizada la sociedad norteamericana (ojo, porque esto se contagia muy rápido), sino porque hace un calor insufrible. Escribo antes de la movida de este sábado, el día propiamente dicho del aniversario de la Declaración de Independencia, para el que estaban previstas altísimas temperaturas en Washington, y, lo que es peor, un largo discurso de Trump, que te deja aún más tocado que cualquier termómetro sin control. Qué ocasión para hablar del cambio climático, Donald. Haya ido mucha gente o poca (los fuegos artificiales sobre el Mall suelen atraer al personal), también aquí había previstas pausas de hidratación. Ya nada sucederá en los veranos sin una pausa de hidratación.
Mientras Trump se afanaba en personalizar, con su figura y con su nombre, este 250 aniversario, en fin, como le gusta hacer con casi todo, una chica bien conocida se casaba el viernes en Nueva York con un jugador de fútbol americano (no de soccer, porque entonces la Fifa bien podría haberles aviado la ceremonia en una de esas pausas para el refrigerio colectivo). Reflejándose en el enlace Marilyn-DiMaggio (yo siempre preferí a Arthur Miller, que, por cierto, intelectualidades aparte, dicen que también era un tipo sportivo), Taylor Swift se nos ha casado. Y no con nosotros. La boda se celebró en el Madison Square Garden, una catedral a su manera, y fue al parecer super privée y así. Me pregunto cómo se las arreglaron algunos famosos para llegar desde los palcos del Mundial a la ceremonia, o viceversa, porque quizás algunos tuvieron que hacerlo. ¿O no? ¿Era elegir entre Mundial o Boda? En ese caso, Swift e Infantino podrían estar contraprogramándose, la verdad.
Al parecer se trató de una boda secreta que todo el mundo conocía. Estas paradojas, ya saben. Al elegir esta fecha de junio (el 4 hubiera sido aún mejor, pero es que los ricos no se casan en sábado), Taylor Swift pasa a ser considerada, si no lo era ya, la Novia de América, le guste a Trump o no. También para despecho del ‘emperador’, dicen que esta fue una boda real (‘royal’ o sea) en un país que no es una monarquía (‘No Kings’, se grita en las calles antitrumpianas). Aunque dinastías políticas nunca les han faltado.
Con Taylor Swift ya casada (una boda que valió por cuatro, con Hugh Grant de invitado), y con Trump sin ver su cara en el monte Rushmore, la vida sigue. Todo nos pilla lejos, menos el calor. Ese ya es un asunto planetario.
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