Opinión | TRIBUNA
Eclipse, sombras de un sol herido en el XIX
Me lo recordó el pintor y amigo Xavier Magalhaes. Pedro Antonio de Alarcón, cronista de la sensibilidad romántica y observador de las flaquezas humanas ante lo sublime, dejó testimonios vibrantes sobre los fenómenos celestes que sacudieron la España de su tiempo. En sus textos, el eclipse no es simplemente un evento astronómico, sino una interrupción del orden natural que desnudaba el alma de las ciudades. El autor describió cómo la luz, al desvanecerse en pleno día, arrastraba consigo la seguridad de los ciudadanos, sumiendo a las poblaciones en un silencio sepulcral que solo era roto por el clamor de las campanas o el aullido inquieto de los animales.
Para el escritor granadino, la importancia del eclipse residía en la reacción colectiva. Alarcón narraba con cierta ironía y fascinación la transformación de Madrid, donde las azoteas se poblaban de curiosos armados con vidrios ahumados. Describía la atmósfera como algo “fantasmagórico”, una penumbra que no pertenecía al crepúsculo ni a la noche, sino a una dimensión extraña donde los colores se tornaban metálicos y la temperatura descendía de forma repentina, provocando un estremecimiento físico en la multitud. En sus crónicas, el fenómeno servía de espejo para la ignorancia y la sabiduría, enfrentando el terror supersticioso de los más humildes con la petulancia científica de los académicos.
El autor de Guadix se detenía en la descripción estética del anillo de fuego, esa corona que surgía cuando el disco lunar ocultaba la soberbia solar. Para él, el eclipse del siglo XIX fue un recordatorio de la pequeñez humana frente a los engranajes del universo. Alarcón supo captar ese instante de “nada” absoluta que dura apenas unos minutos, pero que en la memoria de los testigos se prolonga como una eternidad. Su pluma, siempre atenta al matiz dramático, convirtió la crónica periodística en una pieza literaria donde el cielo se convertía en el escenario de una representación teatral irrepetible.
Las sombras proyectadas en el suelo, la confusión de las aves que buscaban refugio creyendo que el día había terminado y la palidez de los rostros bajo la luz cenicienta son elementos que Alarcón manejaba para construir una narrativa de lo asombroso. En sus escritos sobre estos sucesos, se percibe el tránsito de una España que despertaba a la ciencia pero que aún conservaba un pie en la leyenda. El eclipse era, en definitiva, la metáfora perfecta de su propia literatura: un contraste violento entre la luz de la razón y la sombra del misterio.
Xavier Magalhaes me regaló luz de memoria oportuna ante el acontecimiento previsto para el 12 de agosto, un rayo de esperanza en este eclipse de humanidad y entendimiento, de catástrofes y guerras. Gracias, y muchas, le sean dadas.
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