Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Una tarjeta roja
Que el jugador estadounidense Folarin Balogun haya sido exonerado tras recibir una tarjeta roja, al parecer, gracias a la intervención del presidente Trump (él mismo lo ha reconocido, o algo parecido, en una intervención) ha generado una buena tormenta, superior incluso a esas otras tormentas que vienen amenazando, y a veces postergando, la celebración de los partidos de este Mundial de fútbol. Ignoro si el comité que ha exculpado a Folarin ha tenido en cuenta la petición de Trump (Infantino asegura que no), y también me siento incapaz de juzgar si la roja era merecida o no (en este campeonato hay una permisividad enorme de los árbitros, no hay más que escuchar a los comentaristas, que algo de esto sabrán. Tal vez, como en el mundo real, la fuerza empieza a considerarse una manera aceptable de actuar. Quién sabe).
Los medios se han referido a la vieja amistad entre Infantino y Trump, lo cual ha llevado al primero a agasajar al segundo, siquiera verbalmente, siempre que ha podido (creo que una vez le regaló ¡una tarjeta roja!: seguro que Trump enseñaría varias en cada partido, si le dejaran arbitrar. Mejor sería eso, en cualquier caso, o mucho menos dañino, que todo lo que hace como presidente). Esa actitud de tanto agasajo por parte de algunos se parece demasiado a la de otros avezados acariciadores del lomo del presidente norteamericano, que actúan de manera un poco risible, ya sea por miedo, por dorarle la píldora, o porque les parece muy bien lo que dice y hace, que de todo hay. Piensen en Rutte, que, por cierto, tendrá ahora una difícil papeleta en la Cumbre de la OTAN de Ankara: ahí llega Trump blandiendo tarjetas rojas a todo el que no se pliegue a sus caprichos. Un momento preocupante.
Como ven, las tarjetas están dando mucho juego, nunca mejor dicho. Y funcionan perfectamente como metáfora. Trump ha pedido, y ha logrado, según lo que leo, que se levante el castigo al jugador de su selección (nacido en Estados Unidos por casualidad: si triunfara la irracional medida trumpiana de no conceder la nacionalidad directamente por nacimiento, este buen hombre quizás se libraría de la tarjeta, pero puede que perdiera el pasaporte).
En fin, como diría el otro, sólo es fútbol. Puede que Trump fabule con dar un discurso patriótico y así el día de la final, y para eso sería mejor que allí estuviese el equipo de su país. Y para eso sería mejor tener a su máximo goleador en el equipo, no castigado. Vamos, sólo es una suposición. No creo que Trump se haya vuelto un loco del soccer de repente, pero encontrar grietas para alimentar su ego es algo que sabe hacer muy bien. Si ya casi se apropió del 250 aniversario de la Declaración de Independencia, por qué no hacerlo de cualquier otro evento con gran resonancia mediática. Y más en su situación actual, con los índices de popularidad en su país casi por los suelos.
Si hay algo que de verdad teme Donald Trump es la tarjeta roja que sus conciudadanos podrían mostrarle en las elecciones de medio mandato, en noviembre. Ya hay síntomas evidentes. Y no sería fácil que esa tarjeta roja no tuviera efectos descalificantes para su persona y para su gestión, especialmente tras la impopularidad de la guerra en Irán, por más que se esté buscando ya un rediseño partidista e interesado de los distritos electorales.
La goleada electoral de Trump, que siempre se atribuyó (no ha dejado de sembrar dudas sobre su derrota anterior: parece que sólo si gana sería capaz de aceptar los resultados), no tiene muchas posibilidades de producirse. En los últimos días, consciente de la tendencia a la baja que marcan las encuestas (lean el gran artículo de David Wallace-Wells, estos días, en el New York Times, sobre el pernicioso efecto de lo que llama una caquistocracia, es decir, el gobierno de los peores), ha aireado el fantasma del comunismo: porque el miedo, ya se sabe, ya lo estamos viendo, siempre fue un arma poderosa. Sigue sembrando dudas sobre la intervención de cada estado en el proceso electoral del país y aspira a controlarlo todo: no parece importarle el daño que la cultura de la sospecha hace a las democracias. Mamdani, que crece en el lado Demócrata, ya no es el joven amable que un día le pareció en su visita a la Casa Blanca, sino “un comunista”, como explicó a los medios. El alcalde neoyorquino replicó en su discurso del 250 aniversario afirmando que la grandeza de USA “radica en su pluralidad”. Trump parece atrapado, por tanto, en el miedo cerval a una derrota. A una tarjeta roja. No roja por comunista, desde luego, sino descalificante de todas sus políticas.
- Pregón de las Fiestas del Apóstol: la concelleira descarta a Borja Iglesias
- Netflix regresa a Galicia con la serie que acerca la historia real de la narcotraficante detrás del mayor alijo de cocaína incautado en los 90
- Una heladería de Santiago, entre las favoritas de los mejores heladeros de España
- Fiestas del Apóstol 2026 en Santiago: programa completo, conciertos, fuegos y actividades día a día
- El rincón marinero a 40 minutos de Santiago donde veranea Christian Gálvez: paseos de dos kilómetros junto al mar, el mejor marisco y un jardín único en Europa
- Burger King cancela su colaboración con el gallego El Xocas: 'Sus declaraciones no representan los valores que defendemos
- El Santiago que no pudo ser: así habría cambiado la ciudad con la gran avenida que iba a unir Porta Faxeira con el Obradoiro
- El juzgado admite a trámite una demanda de Galicia y Andalucía contra la Federación Española de Pesca por excluirlas del mapa de campeonatos nacionales
