Opinión | El trasluz
La estadística
Alguien, a la salida del tanatorio, acabará preguntándonos por la calidad del duelo. Y en el lado de la muerte, si hay cobertura, recibiremos un wasap

Un médico en consulta. / EP
Del uno al diez, ¿cuánto le duele?, me preguntó el médico. Dudé, no quería parecer quejica, pero tampoco quitarle importancia a la migraña. Un siete, dije, aunque creo que me dolía un ocho u ocho y medio. Me recetó unas pastillas y volví a casa, donde enseguida sonó el teléfono. Querían saber cuál había sido mi grado de satisfacción con la consulta. Me pidieron que la puntuara del uno al diez también. Por mi gusto le habría dado un cinco, incluso un cuatro, pero tenía miedo de que el facultativo se enterara y me cogiera ojeriza. Por otro lado, calificarla por encima de mi dolor me parecía incorrecto. Le di un siete, pero no me quedé a gusto.
Ya no padecemos un dolor de la hostia aquí o allá, tenemos un notable o un sobresaliente, quizá un aprobado si eres una de esas personas tibias o contemporizadoras. Los movimientos del alma, que durante siglos se expresaron con metáforas, se formulan en el idioma de las estadísticas. Nadie me preguntó cómo era el dolor. Si quemaba o mordía, si me dejaba abrir el ojo, si me permitía leer o ver la tele. Si se desplazaba por el cuerpo como un animal pequeño o permanecía quieto, instalado en un punto preciso. Si tenía horarios. Si era un dolor educado, de los que esperan un festivo para manifestarse, o un dolor grosero, que irrumpe en medio de una jornada laborable proporcionándote una de esas bajas médicas por las que, según Feijóo, deberías cobrar menos que si te encontraras bien. Todo eso, que habría dicho mucho más de la puta jaqueca, quedó reducido a un siete.
Con la satisfacción por la consulta ocurrió lo mismo. No me preguntaron si tras abandonarla me había sentido arrojado a la intemperie. Hemos conseguido medir la distancia entre las galaxias, el grosor de un cabello, la temperatura del interior de una estrella, pero seguimos sin disponer de una unidad fiable para el miedo, para la vergüenza, para el padecimiento, para el alivio. La vida se empieza a parecer a un electrodoméstico. Alguien, a la salida del tanatorio, acabará preguntándonos por la calidad del duelo. Y en el lado de la muerte, si hay cobertura, recibiremos un wasap: "Gracias por haber vivido con nosotros. Del uno al diez, ¿cómo calificaría su experiencia?".
Y entonces, por no parecer desagradecidos con la vida, quizá muchos le daremos un siete. Aunque hayamos sido un ocho de felices o un nueve de desgraciados, aunque, en realidad, haya cosas que empiezan precisamente donde se acaban los números.
Fuente: La Nueva España
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