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Opinión | La lectura y los libros

Médico

Independencia y amor

El sábado pasado una amiga me recomendó el libro “Cambiar el agua de las flores”, de la novelista francesa Valérie Perrin. Lo hizo por WhatsApp, enviándome además una fotografía de la breve entrevista a la autora publicada en EL CORREO GALLEGO de ese mismo día. 

El titular era una frase de la escritora: “No conozco a ninguna mujer que no haya experimentado violencia sobre ella”. Tan tajante afirmación no atrajo mi simpatía. La entrevista, aunque no incisiva, tenía cierto interés. Incluso complementé su lectura con la de otra en Faro de Vigo que añadió algo más de enjundia.

Conste que me ha bastado el entusiasta comentario sobre la novela de mi amiga, gran lectora, para decidirme a abordar su lectura. Hace tiempo que rebajé mis ansias de conocer a los escritores. Estoy convencido de que a menudo, en literatura como en otras artes, la obra es superior al autor, porque es el fruto de una persona inspirada.

En la entrevista en EL CORREO GALLEGO hay un fragmento que me hizo pensar especialmente, y se convirtió en el detonante principal para las líneas que siguen: “A través de las cuatro novelas que llevo publicadas intento trasladar a todas las mujeres con las que me puedo encontrar el mensaje de que hay que ser independientes, no hay que depender de nadie, porque cuando dependes hay algo que puede aparecer que es malsano. Cuando dependes de un padre, de un marido, de quien sea, puede darse algo nocivo porque pierdes libertad”.

Mi mujer y yo queremos para nuestra hija una razonable solvencia económica. Pero, aunque acaso no sea eso exactamente lo que pretende decir Valérie Perrin, hoy con frecuencia se insiste en una independencia que parece imaginarse casi absoluta. La advertencia contra ciertas dependencias no es infundada: hay vínculos familiares, afectivos o económicos que pueden convertirse en formas de dominio. Pero sería un error pasar de esa constatación a la sospecha general contra toda dependencia.

El problema está en que la palabra dependencia puede nombrar dos realidades distintas: una subordinación que envilece y una vinculación que humaniza. Contra la primera hay que prevenirse; sin la segunda, difícilmente hay amor. Quede claro que me refiero a mujeres y hombres por igual.

Charles Péguy dice: “El que ama se pone, por eso mismo, / sólo por eso, desde eso mismo, en dependencia; / el que ama cae en la servidumbre de aquel que es amado. / Es lo acostumbrado, es la ley común. / Es fatal”.

Yo estoy convencido de que estos versos son portadores de una gran verdad, en relación con el amor humano en general y no sólo con el de pareja.

Pero el poema de Péguy no termina ahí; pasa a hablar del amor de Dios por nosotros. Para el poeta francés, Él ha elegido colocarse en esa misma situación de servidumbre. Al amarnos, Dios se ha dignado esperar en nosotros y de nosotros. El Creador depende ahora de su criatura.

No hay, pues, verdadero amor sin alguna forma de dependencia. No pensemos sólo en el amor de pareja, el cual se queda tan a menudo a enorme distancia del ideal. Fijémonos en el amor de las madres por sus hijos. La libertad de las madres está habitada, llena de sentido; con frecuencia está también herida por la preocupación, por los fracasos del hijo, sus extravíos o simplemente por su tristeza. Pero, precisamente porque ama, una madre ya no puede vivir como si la suerte de su hijo le fuera indiferente. Algo semejante, aunque con formas distintas, podría decirse de un padre, de un amigo verdadero o de quien acompaña durante años a una persona enferma.

Por eso no basta con oponer independencia y dependencia, como si una fuera siempre virtud y la otra siempre peligro. Hay dependencias que humillan y hay dependencias que elevan; hay independencias necesarias y hay independencias estériles. La cuestión decisiva no es si dependemos o no, sino de quién, cómo y para qué. 

Para quienes somos padres, todo esto tiene implicaciones muy concretas en la educación de nuestros hijos. Debemos atrevernos a plantearles, o pedirles que se planteen a sí mismos, preguntas de este tenor: ¿esa persona te ayuda a ser mejor?, ¿admiras en ella alguna virtud?, ¿puedes confiarle tu vulnerabilidad sin miedo? 

El amor maduro requiere inteligencia y responsabilidad, porque si amar es depender, conviene elegir bien de quién se depende.

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