Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Nuestro hombre en Ankara
Hay que reconocer que Trump se las arregla para ser a todas horas, casi 24/24, el centro de atención de buena parte del planeta. Es una pena que perdamos tanto el tiempo escuchando sus insensateces habituales. Hay mucho que hacer y es una distracción imperdonable para todo el mundo. Pero sucede que sus altavoces son múltiples. A fin de cuentas, es el presidente de los Estados Unidos, por rocambolesco que parezca, y, diga lo que diga, como si habla de su desayuno, los titulares van a reflejarlo. Como tiene tendencia a liarla, muchos medios encuentran en él una auténtica mina, y reproducen sus frases, algunas dignas de figurar en las mejores antologías del disparate.
Sus correligionarios de la extrema derecha en Europa no pueden competir con él en esto. Aunque lo apoyen e incluso lo admiren (pongamos a Meloni aparte, que andará desconcertada con las burlas del magnate). Los europeos ultras, como digo, no alcanzan su nivel de performance. Primero, porque pocos han tocado poder verdaderamente, y, segundo, porque no pertenecen ni de lejos a ese mundo del espectáculo televisivo, que es uno de los universos favoritos de Trump. En realidad, casi es preferible que Trump funcione como lo hace: su extemporaneidad y su tendencia a afirmar en apenas unos pocos minutos una cosa y su contraria lo hacen transparente.
No engaña a nadie, como no sea a sus votantes, que parecen tragar. Los ultras menos expansivos, menos espectaculares (espectacular es la palabra de moda), más espartanos en el verbo y con poco perfil mediático, son seguramente más peligrosos. Farage también ha sido siempre un bocón, y pretende triunfar bajo la égida ultraconservadora en este lado del Atlántico, aunque haya tenido que dimitir estos días pasados. Dicen que en realidad sólo dimite para coger impulso. Esperando que el pueblo, ay, como también espera Marine LePen, lo eleve a los altares. Esas apelaciones emocionales al pueblo, ya saben, intentando pastorear su voluntad, funcionan en ocasiones. Farage siempre se las dio de gracioso, aunque lo que dice da miedo, no risa.
Convenimos, pues, que Trump se mueve mucho mejor en el terreno de la comedia, aunque no pocas de sus cosas acaben provocando una tragedia. Su juego de palo y zanahoria ha podido interpretarse como una estrategia política en su día, pero ahora mismo hasta los suyos son incapaces de entender la mayoría de sus movimientos. Cada vez su comportamiento es más errático. Hay serias preocupaciones sobre su capacidad real de comprender lo que está sucediendo a su alrededor. Si preguntase a la gente qué prefiere, él o el caos, como en aquella gran portada de ‘Hermano Lobo’, creo que, a la vista de los acontecimientos, la respuesta sería: ¡el caos, el caos! Claro que él es también el caos. Por más que ame la charlatanería, un tanto grotesca y cuñadesca, y la provocación, no es normal llamar a España “mala gente” en la cumbre de la OTAN de Ankara. No puedes andar por ahí insultando sin más a tus aliados. Esa gente con la que Estados Unidos no debe hablar (sólo le faltó decir que iba a dejar de respirar, si esto seguía así). Para a las pocas horas reconocer que España había estado a la altura, que había soltado mucha pasta y tal. Ya sabemos que la pasta es lo que le importa.
Mala gente es la que provoca guerras, la que militariza el mundo. No la que está en contra de que eso ocurra. El no apoyo de varios países europeos a la guerra contra Irán, y a otras guerras, sólo dignifica a esos países. Puede que Sánchez se haya equivocado en muchas cosas, pero no en esas. Y puede que a Trump eso es lo que le fastidia: que no hay una aceptación servil de todas sus ocurrencias por parte de todos los líderes (Rutte aparte). Sin embargo, Europa tiene que hacer algo al respecto. Su política blanda, para no enfadar a Trump, no parece funcionar en exceso. Tal vez se trata de esperar a que las urnas cambien las cosas: pero el futuro no está escrito. Ni allí, ni aquí. Lamentablemente la guerra en Irán se ha vuelto a reactivar, como si todo lo que sucede en el mundo estuviera sumido en el descontrol o vinculado a los caprichos de alguno. Trump suele venir a Europa a minar la esencia europea.
Hace bien Sánchez en quitarle hierro al asunto (“acabamos hablando del Mundial”, dijo, aunque Trump también ha sido polémico en eso). Es la hora de Europa. Es necesario que así sea. Es cierto que la militarización está en marcha. Y que las cosas no pintan bien. Por eso urge que la democracia sea defendida. Si Trump está en tu contra y te llama “mala gente”, seguro que estás haciendo algo bien. Las bravatas de Trump son un activo para Sánchez.
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