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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Negar el cambio climático parece algo muy estúpido

Mientras avanza la tarde del sábado, cuando escribo, las nubes se amasan sobre el horizonte de la ciudad. Primero poderosas, como un animal negro y brillante. Luego, cuajadas de luz nerviosa por una madeja de relámpagos, viran hacia un azul necesariamente eléctrico, mientras se deshilachan con dificultad sobre las cúpulas de los montes. En algún lugar afortunado, tal vez esté empezando a llover. Salgo al balcón que mira excesivamente al sur y el aire me golpea en la cara, como un horno abierto. Como un infierno abierto. Sólo puedes salvarte si abres la nevera. Un vaso de agua fría sobre la mesa se convierte en caldo en pocos minutos. El aire viene inflamado de desierto.

Alguien podría pensar que uno escribe desde el norte o el centro de África, o al menos desde el sur de España, pero, por supuesto, lo hago desde Galicia. La evidencia del calentamiento global se hace notar en lugares cada vez más al norte. Los que creyeron que no nos tocaría, que eso era más bien una cosa del Mediterráneo, o de otras latitudes, descubren que los efectos de las temperaturas disparadas, muy por encima de las que corresponderían a este momento del calendario, y, además, batiendo récords cada año, alcanzan ya lugares insospechados. Parte de Europa, no sólo España, se muere de calor.

Es posible, como afirman algunos expertos, que el negacionismo del cambio climático haya descendido (hay que ser muy tozudo para negarlo, con este panorama). Es posible que el crecimiento de la energía verde sea cada vez el deseo de más ciudadanos, pero, en realidad, todavía se ejerce una propaganda feroz contra la etiqueta ‘cambio climático’, siquiera sea para marcar agendas políticas e ideológicas, alejadas del pensamiento científico, y de los hechos, y de los datos: que, en esto, es lo único que ha de importar. Porque un mundo alejado del pensamiento científico no tiene posibilidades de sobrevivir.

Lamentablemente, el mundo actual vive un momento de innegable gran sindiós político global, provocado, sobre todo, por algunos liderazgos concretos (digamos liderazgos, por decir algo). Algunas agendas políticas ignoran e incluso se mofan de los daños climáticos, sumidos en un cortoplacismo económico y electoral. No se trata de centrarnos sólo en Trump, aunque deberíamos (él se apartó de todos los acuerdos climáticos y no deja de potenciar la energía de los combustibles fósiles, con preocupante insistencia). Sin duda, hay un interés deliberado por parte de algunas políticas conservadoras, o más bien extremadamente conservadoras, en no promover la agenda verde, a pesar de que no se hayan alcanzado las cifras estimadas como necesarias en los procesos de descarbonización, que, sí, han descendido con fuerza de forma consistente en Europa, aunque repuntan por momentos, pero que al tiempo vienen lastradas por otros países emergentes que muestran aún una gran dependencia del carbón. El informe de la Brecha de Emisiones de Naciones Unidas señala que limitar el ascenso térmico a 1,5 grados, siguiendo el Acuerdo de París, parece una tarea inabarcable, y que, con las políticas actuales, la proyección de aumento del calentamiento global se estima en 2,8 grados, si bien en proyecciones anteriores llegaba hasta 3,1.

El desarrollo de la energía eólica y solar, es decir, el aumento de la energía verde, sigue plateándose como una solución urgente, pero lo cierto es que el planeta se halla inmerso en una complejidad geopolítica que lastra el avance de las acciones contra el cambio climático. El verdadero problema es el tiempo. La lucha por el dominio del estrecho de Ormuz, por ejemplo, nos demuestra que los combustibles fósiles siguen teniendo un peso desmesurado en la energía del planeta. Hay una batalla soterrada por el dominio energético y los recursos, que, finalmente, implica sobre todo a Estados Unidos y China. Por el camino, el mundo parece que ha desatendido la gravedad del calentamiento (en Europa, últimamente se habla menos del clima, y más de la guerra y del ascenso ultra), por más que las cifras asociadas con la mortandad producida por el calor excesivo se hayan disparado, también en España. Los barrios más pobres sufren más con el ascenso térmico: la pobreza complica la salud. Y no digamos la falta de agua.

Una entrevista reciente de Ezra Klein con el medioambientalista Bill McKibben para el New York Times resulta muy reveladora. McKibben es muy conocido por sus textos sobre el calentamiento global. En la larga entrevista, reconoce que el cambio climático se está acelerando, que el clima es más sensible a las emisiones de lo que se creía. Pero, asegura, y para ello se apoya en las conclusiones del ‘think tank’ energético Ember, la energía verde no deja de aumentar y es cada vez más barata y rápida. En 2025 el exceso de demanda eléctrica mundial se cubrió enteramente con renovables. McKibben cree que, a pesar de todo lo malo que nos está pasando, y de los desmanes de algunos políticos, hay una esperanza real de lograr gran cantidad de energía limpia. Australia, y su tratamiento del solar, es un ejemplo: “con la energía solar y eólica, la electricidad puede resultar gratis allí entre el mediodía y las tres de la tarde”, explica McKibben. Es cierto que nos esperan semanas terribles, con todos los males de los termómetros disparados. Pero, si volvemos a la senda de la cordura, quizás hay esperanza.

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