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Opinión | Políticas de Babel

La doble estrategia del Pentágono

La sede central del Departamento de Defensa de los Estados Unidos sigue más activa que nunca. Su jefe, el secretario de Guerra, informa a diario a Donald Trump sobre los avances en los distintos frentes estratégicos y bélicos en los que está implicada la gran potencia. El perfil de Pete Hegseth, a caballo entre presentador de televisión y comentarista político por un lado, y oficial de la Guardia Nacional del Ejército estadounidense y líder de los veteranos de guerra por otro, potencia ese desdoble de personalidad con el que tendemos a describir a Trump. El presidente desconcierta dentro y fuera de EEUU debido a esos cambios bruscos de criterio que, de manera impredecible, turban a propios y extraños. Y entre los muchos frentes abiertos que mantiene Washington, dos destacan por encima de los demás: la guerra en Oriente Medio, y la invasión rusa de Ucrania. Pues bien, la estrategia de Hegseth y Trump es dar una de cal y otra de arena en ambos contextos.

En el Golfo Pérsico los ataques y el alto el fuego se suceden de una manera tan impredecible como continuada. De ahí que, como adelantamos aquí en junio («Tambores de Paz en Oriente Medio», ECG 20/06/2026), pese al deseo de la Comunidad Internacional de devolver la calma al tablero mundial, la paz, e incluso el alto el fuego en Irán, nunca serán definitivos. Lo justificábamos diciendo que ello era debido a que incluso con ese Memorándum de Entendimiento entre Washington y Teherán, «ninguna de las partes implicadas quedaba satisfecha». Pues bien, aquella frustración o decepción disimulada que describíamos, se hace realidad cada semana en Oriente Medio. Y de ahí la vuelta a las armas, las bombas y los misiles. El episodio más reciente lo hemos vivido estos últimos días; con bombardeos del Ejército estadounidense sobre el centro y el sur de la República Islámica, y los ataques de Irán sobre intereses estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Jordania y Qatar.

La tregua se sigue evidenciando frágil, pues. Incapaz de resistir ni los sesenta días pactados. Además, ya no afecta sólo a objetivos militares, sino también a infraestructuras estratégicas en la región, como líneas ferroviarias que conectan Irán con China y Rusia, o vías de comunicación entre diversas ciudades persas. Por su parte, Teherán atemoriza a los aliados de Washington en cualquier parte de Oriente Medio con unos misiles balísticos que sigue produciendo a una velocidad notable. Habrá que ver si, como se prevé, la contienda se frena de nuevo; o si, por el contrario, el germen de la guerra se sigue expandiendo por toda la región. Lo que está claro es que Trump y Hegseth seguirán presionando al régimen de los ayatolás para que cumpla lo pactado, y no recurra una y otra vez al cierre del estrecho de Ormuz como comodín de guerra.

Otro de los escenarios en los que detectamos esa dualidad de acción y decisión está en el Este europeo. Trump observa desde la distancia cómo el intercambio de ataques entre Moscú y Kiev no cesa, como tampoco se frena el aumento de víctimas incluso civiles. Pues bien, el neoyorquino sigue insistiendo cada cierto tiempo en que un acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania está cerca, al tiempo que señala que es Europa la que debe saber afrontar los riesgos de sus fronteras, y decide también súbitamente, para alegría de Volodímir Zelenski, que los ucranianos ya cuentan con su visto bueno y su licencia para fabricar sus propios sistemas de defensa de misiles Patriot. Es decir, también en Ucrania y con respecto a Putin mantiene Trump una estudiada y cambiante actitud que unas veces despista, y otras, simplemente, desconcierta.

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