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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

Meterse en jardines

Escribo con una grave desventaja: cuando lo hago, aún no se ha jugado el partido de España contra Francia, la madre de todos los encuentros, pero ustedes ya saben el resultado. No tengo ninguna bola de cristal (bueno, tengo, pero no funciona, porque es más bien un pisapapeles), ni poderes rappelianos, ni en este plan. Ni idea de lo que pasará: o sea, de lo que pasó.

Pero lo cierto es que esta coincidencia entre el Día de la Bastilla (sí, ya me acuerdo del tierno y facilón chiste infantil de “la toma de la pastilla”) y el partido en la cumbre de Francia contra España ha sido una casualidad afortunada, porque ha traído a primera línea de la información (al menos deportiva, que no es poco) la cercanía entre los dos países y la necesidad de que remen juntos (no me digan que remar es más cosa de Noruega). Sobre todo, en este instante de acoso y derribo que, de alguna forma, está sufriendo la Unión Europea. Tanto desde fuera como desde dentro, podríamos afirmar.

Es una estupenda coincidencia, en efecto, la del partido del mundo Mundial y la fiesta de Francia, vecina con la que hay que estar en perfectas relaciones y con la que hay que colaborar en la construcción de la Europa necesaria. España debe estar en total sintonía con Francia, y deben firmarse tratados de cooperación y amistad, si se quiere ser coherente con el proyecto de la Unión. Las posturas contrarias a Europa, y al establecimiento de fuertes lazos entre los países que la conforman, parecen hoy caducas, también dañinas, incapaces de reconocer la diversidad y la mezcla como la única forma posible de vivir en el mundo contemporáneo: es decir, es ir contra natura y contra los tiempos que nos han tocado vivir. El aislacionismo es promesa de derrota.

No por subrayar lo local y lo doméstico, no por encerrarse en nuestro propio juguete, se debe mirar con desconfianza a quienes hacen y han hecho por el mundo libre, con las ideas de la Revolución y los estándares de la República. Más allá de los conflictos coyunturales, como sucede a veces en materia agrícola. Más allá de todos los obstáculos y de todas las lógicas fricciones. Y, más aún, porque la propia Francia se encuentra en una grave circunstancia política que debe salvar, porque el corazón de Europa debe alejarse de cualquier forma de exclusión y de autoritarismo. Europa es justo lo contrario.

Esta coincidencia entre el Día de Francia y el partido contra España (Macron y Sánchez comparten una gran conexión institucional, a lo que se ve, especialmente en el marco europeo, con todas las diferencias ideológicas) no le ha sentado tan bien a Rajoy, que de nuevo está en el candelabro, como se dijo con fortuna, por un artículo sportivo de los que escribe a veces. No es una andanada política, al estilo de Aznar, sino un comentario al hilo del encuentro con Francia de ayer, que ha derivado, más bien, en encontronazo.

No soy yo muy de la corrección política, que suele matar la creatividad, pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Rajoy me parece un espécimen político curioso, no pocas veces divertido y perspicaz, hasta el punto de que ha sido capaz de crear un estilo humorístico propio, imagino que sin pretenderlo. Tal y como está la política, donde saltan chispas y, Rufián aparte, pocas frases se pronuncian en la bancada que den algo de vidilla al asunto, Rajoy quedará como el presidente que nos sacó unas risas meramente por el uso peculiar de la lengua, y así. Por eso no se entiende muy bien que se haya metido en estos jardines, que no son precisamente los de Versalles.

Decir que Francia es una gran selección, pero “sin franceses”, es una afirmación incorrecta, aunque, mucho más, es una afirmación peligrosa. Ese Rajoy al que se le ha atribuido siempre la pasión futbolera, y al que se ha dibujado más de una vez leyendo el Marca (aunque ignoro si lo hace), no debería caer nunca en una afirmación de este jaez, y menos en un Mundial que (tal vez a pesar de Trump) ha sido un gran escaparate de la diversidad y la multiculturalidad que define, afortunadamente, el mundo de hoy. Finalmente, Estados Unidos es fruto de la inmigración y a ella le debe todo.

La identidad es una cuestión transversal y compleja que supera toda cortedad de miras, porque nuestras sociedades contemporáneas son así, y no dejarán de serlo, por más que algunos se empeñen. Se es muy francés y mucho francés, como se es muy español y mucho español, de muy diversas maneras. Por hablar así, a humo de pajas, si se me permite, se originan a veces graves incendios entre naciones. Ya lo han visto. Hasta la ultraderecha francesa se ha quejado, lo cual ya supera todo lo imaginable. Es verano, y cuantos menos incendios haya que apagar, mucho mejor. También estos, que usan el combustible de las palabras y que dejan rescoldos bajo una capa de ceniza diplomática.

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