Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Gibraltar y mucho más allá
El fin de la verja de Gibraltar es una excelente noticia. Era una mala herencia del pasado, uno de esos errores históricos persistentes, no tan inhabituales. Hay que celebrar que caigan las fronteras y los muros. No sólo son, como dijo Sánchez, “las cicatrices de la historia”, sino invenciones humanas no siempre comprensibles y no siempre utilizadas con el tino y el equilibrio necesarios. De hecho, vivimos hoy un tiempo atroz en el que se expande el gusto por la frontera dura, en el que se erizan los muros y se colocan obstáculos, sobre todo, y como casi siempre, frente a los más desfavorecidos.
Así que es comprensible la euforia que desató la caída, por fin, de la verja gibraltareña, y la pasión de las cámaras por retratar el instante exacto en que desaparecía físicamente. Porque el momento de la piqueta, como lo fue en otros muros bien distintos, pero muros al fin, nunca es una cuestión baladí. Europa es el mejor ejemplo en lo que se refiere a la caída de los obstáculos fronterizos y a la libertad de tránsito. Así debe seguir. Europa es ejemplo de movimiento de personas, de coherencia con las razones del espíritu democrático, que siempre debe contribuir a la alegría de la vida de sus ciudadanos, no a la cerrazón, ni al aislamiento, ni al desprecio de los otros.
Precisamente en este tiempo en el que algunos dirigentes se afanan en obstaculizar, en crear problemas a la vida de la gente (Trump ejemplifica ese tipo de liderazgo), la caída de la verja de Gibraltar, que no es meramente simbólica, tiene muchísima importancia. Indica el camino de los estados modernos. Como dijo también Sánchez, allí estaba cayendo “el último muro de la Europa continental”. Hay otros, sin embargo, que no son estrictamente muros físicos, sino que responden a políticas de endurecimiento migratorio, como ha sucedido con el brexit. Con resultados exactamente opuestos a lo que se buscaba. En las últimas horas he leído algunos artículos en tono irónico en el Reino Unido (son buenos en eso) en los que sus autores se lamentaban de que la libertad de tránsito de la que ahora goza Gibraltar, de facto se trata de una movilidad propia de un territorio Schengen, no la tiene, a causa del brexit, el Reino Unido. No sólo es paradójico. Es algo ridículo.
La marcha de Starmer y la llegada de Andy Burnham, la nueva figura del laborismo, debería acelerar el regreso de UK a la Unión Europea. No es algo que vaya a ocurrir mañana, pero la historia viaja hoy a gran velocidad. Europa está en ebullición y vive pendiente del conflicto en Ucrania y del ascenso de las posturas ultra, incluyendo en eso al propio Reino Unido. Revertir el brexit supondría un reforzamiento del espíritu democrático: nada sería más positivo para este continente. Por eso Gibraltar es algo más que un símbolo es este momento. No afecta a la soberanía británica, es cierto. Pero implica un paso importante para la cooperación y para el bienestar de los que trabajan allí. La política no debe ser otra cosa que mejorar la vida de la gente.
La desaparición de la verja de Gibraltar ha coincidido con el partido de fútbol entre Inglaterra y Argentina, y con el regreso del recuerdo de la llamada Guerra de las Malvinas (que reflotó a Thatcher tras ser la primera ministra más impopular, no sin razón, en décadas), lo que ha reverdecido la reivindicación argentina de ese territorio que los ingleses llaman Falklands. Aunque pueda haber parecidos razonables, la geografía marca las distancias entre Gibraltar y las Malvinas. Convertir a Gibraltar prácticamente en un territorio Schengen es un excelente paso para todos. Y también para una negociación que ha de llegar. No lo digo yo, sino que lo aseguraba ayer el estupendo articulista Simon Jenkins en The Guardian. Transcribo: “Ninguno de los territorios británicos de la época imperial tiene el derecho eterno de permanecer tal y como está ahora, y menos aún uno (las Malvinas) que les cuesta a los contribuyentes de UK más de 60 millones de libras en gastos de defensa”. Jenkins señala que los gobiernos británicos se han afanado en subrayar la importancia de este territorio de ultramar como el resultado lógico de la Guerra de las Malvinas de 1982. Dice más. Asegura que el hecho de que los isleños sean británicos blancos [de ascendencia europea], no como en Diego García, ha ayudado a este interés permanente. Pero, para él, poco justificado: no por la historia, sino por la geografía y por el enorme coste.
Cuenta Jenkins cómo en los años 70 el Reino Unido inició un proceso de apertura hacia Argentina, que incluía viajes, comercio, uso compartido de hospitales o escuelas, unas conversaciones que podrían haber desembocado en una transferencia de soberanía, tal y como pedía por entonces Naciones Unidas a las potencias coloniales: “que se desprendieran de los vestigios del imperio”. En el caso de UK, por supuesto, incluía la Malvinas, Diego García, Hong Kong y, “según se esperaba”, Gibraltar. La invasión y la guerra acabó con las conversaciones. Dice Jenkins que “así es la lógica de la guerra: una vez que se inicia, se requiere una victoria”. Y hasta aquí hemos llegado. Veremos qué pasa. Hoy Gibraltar se abre también a Europa, a la que pertenece. ¡Más que UK ahora mismo! Caen muros y verjas. Y eso es bueno.
- La Europol incluye en su lista de más buscados a una gallega que se hizo pasar por médico en Lugo y A Coruña
- Augusto Pérez Alberti, el catedrático jubilado de la USC que a los 78 años defendió su segunda tesis doctoral para seguir aprendiendo: 'Investigar es mi hobby
- Sorprenden a dos ladrones de madrugada en el interior de un piso en Santiago cuando se disponían a huir con el botín
- Así es el parque acuático más novedoso de Galicia: a una hora de Santiago y con toboganes de 11 metros de caída
- Los políticos compostelanos se toman un descanso: retorno a las raíces para desconectar de Raxoi
- Las 5 playas fluviales cerca de Santiago que se están convirtiendo en el refugio perfecto para escapar del calor
- Prisión provisional sin fianza para el detenido por el atropello mortal de Bertamiráns
- El detenido por el atropello mortal de Bertamiráns viajó desde Lugo para enfrentarse con la víctima
