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Opinión | POSDATA

Doctor en Economía

Argüello derrapa

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luís Argüello, ha perdido la cabeza. O la vergüenza, que no sé qué es peor. Hablar en nombre de la Iglesia Católica de España señalando como él señala al Gobierno o al Estado, que la diferencia para disculpa no vale, con las palabras irrespetuosas con que él lo ha hecho, ya que él es quien es y representa lo que representa, es pecado.

Y lo mismo, por ser él quien es y representar lo que representa, tiene que reconocer que en todos los sitios cuecen habas. Entre el clero de la Iglesia Católica española también hay pecadores. He ahí los acusados de pederastia, por ejemplo, de los que hablan claro todos menos la propia Iglesia. O lo que se va sabiendo de la operación de inmatriculación de propiedades de toda condición, monumentales o residenciales, a veces señalada como apropiación indebida. O lo que podría deducirse sobre la orientación del conglomerado empresarial de propiedad eclesiástica. O de la cuantía de los ingresos turísticos. O de la procedencia de los salarios sacerdotales. O más cosas que no puedo seguir enumerando por falta de sitio.

En definitiva, que la prerrogativa de poder tramitar el perdón de los pecados ajenos no es disculpa de los propios, porque todos esos casos que cito, siendo la Iglesia quien los rubrica, no son meros errores, inocentes equivocaciones, sino, aunque solo fuese por su persistencia, faltas graves, muy graves, equivalentes al pecado, sin que quede del todo claro quien, no mediando arrepentimiento, como no media, los pueda perdonar.

Ya van pasando décadas en las que aumenta sin pausa el número de personas que se declaran creyentes, pero no practicantes, que pueden creer, sí, pero fuera de la Iglesia, sin que a las Curias y Conferencias se les note una voluntad decidida de actuar en consecuencia, sin limitarse a la proclamación acrítica del dogma. La culpa de ese deterioro, desde luego, no está del lado de los creyentes. Y verborrea como la del señor Argüello lo pone en evidencia.

Si mis súplicas tuviesen valor, que no lo tienen, pediría a Dios que le perdone, mediando disculpa, claro, pero más por cortesía que por convencimiento.

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