Opinión | Buenos días y buena suerte
Burnham no querrá quemarse
Las cosas graves e importantes que suceden en el mundo, en este descenso vertiginoso y cruel al corazón ardiente del verano, pasan cada vez más desapercibidas. Sólo se escucha lo del Mundial (que al fin languidece, tras el ruido ensordecedor) y las salidas de pata de banco de Donald Trump, o de otros liderazgos de su cuerda. Aceptamos toda esa verborrea de la misma forma que se acepta pulpo como animal de compañía. Y es lo más peligroso.
Quiero decir que el personal está gastado y cansado, y más con el calor brutal. No hay quien se mueva por suelo urbano, con el asfalto inflamado como las vísceras de la política, y en el rural se desatan pavorosos incendios cuyas crestas coronan los montes olvidados, en los reportajes de la noche. El cambio climático nos va ganado la batalla, va carcomiendo el verde que soñamos conservar, va sembrando su manto negro, pero ni siquiera este gran asunto parece muy vivo en las agendas políticas, porque con tanto ruido y tanta marejada, todo es ya una odisea. Los terrores son cortoplacistas, los informes del clima manejan cifras pavorosas, algo mejores en Europa, sin exagerar, y líderes como Trump dan la espalda a todo lo que vaya en contra de su pasión por el perfume de la gasolina y el crecimiento industrial. Uno de los errores de la política contemporánea es este cortoplacismo electorero. Pero las edades del mundo exigen una visión a largo plazo. Claro que la vivienda se necesita ahora. Y la bajada del precio de los alimentos, también.
Alguno viene y me dice: ¿cómo me voy a preocupar por los glaciares con el precio que tienen los huevos? (quien dice huevos, dice las cosas de comer). Lo inmediato es el bolsillo, pero es la desaparición de los glaciares, el aumento de la temperatura de los océanos, la subida del nivel del mar, la contaminación del agua y del aire, lo que realmente nos provocará el gran daño. Lo ha visto el nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, que acaba de aterrizar en el 10 de Downing Street, hace apenas unas horas, para proteger el nivel de vida de sus conciudadanos (eso dijo: de nuevo lo doméstico sobre los problemas del mundo), aunque alarmado por las crecientes sequías en el Reino Unido. No sólo es la economía, estúpido, que decía el otro, sino la economía asociada al cambio climático, un monstruo de varias cabezas demasiado difícil de derrotar. No sólo el sur de Europa arde, incluyendo España, y no sólo el agua del Mediterráneo alcanza en ocasiones los 30 grados en nuestras costas. Francia está experimentando un verano extraordinariamente complejo por las altas temperaturas. UK, también. Los terrores del clima están ya aquí, otros confían en que sean otros líderes los que tengan que solucionarlos. Cuando tal vez ya no haya una clara solución.
El mundo que los nuevos liderazgos autoritarios están construyendo, hostiles con la protección del planeta y con cualquier acercamiento a la agenda verde, prioriza el enfrentamiento cotidiano, ya sea bélico o verbal. O ambas cosas a la vez. La política se ha enfangado tanto que el mundo asiste a una profusión de relatos variopintos (algunos surrealistas) y a las guerras culturales, mientras el desastre natural avanza a nuestro alrededor. Somos muy de mirar el dedo cuando el dedo apunta a la Luna. Se ha descolocado el orden de las prioridades. Se impone una agenda efectista, de broncas y eslóganes, se impone el ruido y la furia, todo aquello que sirve de máscara.
La llegada de Andy Burnham es, dicen, algo esperanzadora. No sólo para el laborismo británico (las encuestas señalan desconfianza hacia todos los partidos allí, aunque Farage, por increíble que parezca, se mantiene al alza). Los gobiernos en el Reino Unido parecen condenados a consumirse en su propio jugo. Desde el brexit, todo ha ido cuesta abajo. Deberían desprenderse ya de Trump, que, para Simon Tisdall, de The Guardian, «es un arma de destrucción masiva encapsulada en un solo hombre». No se atreverá Burnham a iniciar el proceso de regreso a la Unión Europea, como debería. Es lo que desea ahora mismo la mayoría de los británicos, según los sondeos, pero parece que se dedicará antes a las cosas de casa. Claro que Europa es también su casa, lo crea o no. Su carácter más político que Starmer puede ayudarle a mirar más allá. A fin de cuentas, es un licenciado en literatura: filología inglesa por Cambridge. Creatividad no le ha de faltar. Las agallas, ante la llegada de las urnas, son otra cosa. Burnham no querrá quemarse en política exterior. Pero vivimos en un mundo ardiente, y no sólo por el calor.
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