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Opinión | POLÍTICAS DE BABEL

Profesor universitario

A vueltas con el Mundial de Fútbol

Poco duró esa efusividad y ese espíritu deportivo que suelen rodear la Copa Mundial de Fútbol. Superada la resaca de las victorias y las derrotas, el mundo retoma el ritmo diario y descubre, para su disimulada sorpresa, que todo sigue igual o peor que antes tanto en términos económicos, como políticos y hasta bélicos. El ardor del esfuerzo sobre el terreno de juego se convierte en fuego forestal en media Europa y en fuego cruzado en Oriente Medio y en el estrecho de Ormuz, al igual que en una Ucrania que desespera al Kremlin. Lo cierto es que hemos terminado un Mundial, y ya estamos pensando en el siguiente. No hay más que ver los movimientos de Marruecos, para confirmarlo.

Mientras España celebra su merecida victoria, y Portugal aguarda la coorganización del torneo en 2030, el reino Alauí mueve sus hilos diplomáticos y económicos para hacerse con la final de la competición; y hasta sueña con quitarle la corona de campeón a su vecino europeo. De ahí las dudas generadas entre expertos y aficionados. Todos conocen el acercamiento indisimulado de EE.UU. a Marruecos a través de un Donald Trump con una ya demostrada influencia en la FIFA. Gianni Infantino no anunciará la sede de la final hasta 2027. Esperemos que el inquilino de La Casa Blanca no levante el teléfono para influir en la decisión o tomar ‘partido’, pues ya vimos cómo es capaz de forzar a la FIFA a revisar una tarjeta roja y suspender la sanción a su jugador estrella, Folarin Balogun.

España cuenta con el aval del título conquistado, con las infraestructuras madrileñas, y con el imponente y remodelado Santiago Bernabéu. Pero Mohamed VI no desea quedarse corto, y es consciente de la sumisión del Gobierno de Pedro Sánchez a los intereses marroquíes. A ello debemos añadir los impresionantes estadios de fútbol del país, especialmente en Casablanca y Rabat, así como el compromiso del rey de Marruecos con el fútbol. Ahí está la Academia Mohamed VI, y una trayectoria de la selección nacional portentosa, alcanzando las semifinales en 2022, y los cuartos de final ahora en 2026, sin olvidar la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de París 2024 (con oro para España), o la conquista de la Copa Mundial de Fútbol Sub-20 en 2025.

Además, todo el mundo conoce el poder del fútbol en términos incluso diplomáticos. Como muestra, el propio Trump, que enseguida se quiso arrogar todo el indiscutible éxito de la edición que este año coorganizaba con México y Canadá. Hasta tal punto se lo ha atribuido, que incluso desea volver a presentar la candidatura de EE.UU. para albergar el campeonato en 2038 (tras el de Arabia Saudí de 2034). Y es que este tipo de eventos le reporta beneficios no sólo al país que los celebra, sino también a los líderes que los presiden.

Ya vimos cómo Trump buscó el protagonismo en la final, pese a no haber asistido a ninguno de los 103 encuentros anteriores del Mundial. Y lo mismo podríamos decir de Pedro Sánchez, que hizo esperar en La Moncloa a la selección española durante varios minutos hasta su “aparición presidencial”, e incluso alargó la recepción oficial de manera inusual, para desesperación de los jugadores y de los aficionados que aguardaban a nuestros héroes en las calles de Madrid y en Cibeles. Todo sea por darse un baño de masas a costa del equipo, en un acto plagado de figurantes políticos y palmeros, y aun sin haberse interesado por nuestros jugadores ni por la selección hasta el partido final. Pero, una estrella es una estrella, y la que genera conquistar la Copa Mundial de Fútbol es demasiado brillante como para que nuestros líderes se resistan a apropiársela.

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