Opinión | Buenos días y buena suerte
Las lenguas del fuego
La idea de un lugar perdido en el bosque, la cabaña aislada que algunos filósofos pusieron de moda, como nuestro Ignacio Castro en O Courel, reinventando el espíritu del Walden de Thoreau, parece en peligro por los incendios feroces que ya son comunes a muchas zonas del mundo. El norte, que quizás se creía a salvo, también ve cómo sus masas arbóreas son presa del fuego cuando las temperaturas se disparan: Canadá es un buen ejemplo.
La desconexión en el bosque, el lugar de la magia y de los secretos, cada día parece más difícil. Vemos arder lugares protegidos, hermosos y centenarios ejemplares de árboles que vieron lo que nosotros no vimos. Conocieron otros siglos, pero sobrevivieron. Es un dolor inmenso, pero, como es natural, evitar muertes y la destrucción de casas suele ser prioritario. Hay un gran sentimiento de pérdida y de derrota, por más que se llame a la unidad, tan extraña a veces en este país. En los informativos, los esfuerzos extraordinarios de mucha gente, la UME (cuya creación debe ser alabada sin ambages), las esforzadas brigadas de bomberos, los voluntarios, los pilotos que casi rozan las copas de los árboles al descargar el agua o los líquidos retardantes. Mucha gente haciendo, otra vez, una tarea colosal. Inabarcable.
Las lenguas del fuego no sólo son las que devoran los árboles, sino las que hablan de él. Oigo a las autoridades y a los profesionales calificar los incendios de estos días como algo demoniaco. El fuego es el infierno (este sí existe y no está lejos). Es el mismísimo diablo, escucho. Los que hablan de él, salvo los que lo hacen por boca de ganso, que nunca faltan, defendiendo los negacionismos de temporada, aseguran que nunca vieron nada igual. El fuego se dibuja casi como un monstruo que toma decisiones propias, que se maneja con sus lenguas de varios metros preparando la siguiente hectárea que se dispone a engullir, creando sus corrientes, sus vientos locales, desplazándose, a veces de forma aparentemente caprichosa, saltando obstáculos, generando, podría decirse, su territorio de confort para no detenerse, para evitar morir. Hay algo descomunal e imparable en este mal.
Lo peor es la destrucción, pero, sobre todo, eso que se llama el fuego inextinguible. El summum del fuego. Como decían los Románticos, la naturaleza es demasiado para los seres humanos. Para bien y para mal. Aunque se niegue el cambio climático, no por hacerlo deja de existir. Es tiempo de volver a la ciencia (esto es el siglo XXI, me parece), y los científicos deberían salir a la palestra y explicar de una vez por todas la situación. Lo hacen, lo sé, pero quizás no se les escucha lo suficiente. Hay cosas que no son opinables, simplemente. No se puede opinar sobre la hora del amanecer, ni sobre las revoluciones de los planetas. «Tengo derecho a dar mi opinión», dicen algunos. Pero hay cosas que no pueden ser opinables.
Cada verano surgen las lenguas del fuego. El estrés es la norma de esta nueva vida. Te preguntas si la ciudad ya se ha olvidado del campo, aunque muchos de los que viven en ella nacieron en él. La sociedad contemporánea se ve abocada a un carrusel de urgencias, de alarmas, de desastres, de decepciones. Estas decepciones hacen que muchos se apunten con alegría a las ideas más peregrinas, aunque vayan en contra de los planteamientos científicos. La frustración nos nubla la vista. Y quizás la mente. La ideología quiere derrotar a la ciencia. Las palabras no nos dejan ver el bosque (ni siquiera el bosque que arde). Lo emocional sustituye a lo real para llenar así todos los huecos del miedo y de la frustración. La ceniza es el sudario que nos deja el verano.
Y su gran dolor proviene de la reiteración, del regreso una y otra vez, con esa monotonía del mal, esa costumbre del mal, al fuego que acaba con los paisajes de la infancia, que desnuda las laderas y las tiñe de negro, que anula en minutos los lugares en los que fuimos felices, los caminos umbrosos que recorrimos, y que pensamos que nuestros hijos y nuestros nietos conocerían de la misma forma. El fuego no tiene piedad. Sus lenguas son las lenguas del diablo. Pero, al tiempo, nuestro lenguaje nos derrota. Todo es una maraña de lenguaje enfermizo, incendiario también. Las otras lenguas del fuego. Las que encienden a la gente. La política se mantiene en sus pantallas porque los incendios se han convertido también en territorio fértil para el enfrentamiento. Mientras el mundo permanece estrangulado por políticos feroces que nos llevan al desastre, mientras se sostienen guerras insostenibles, la península asiste a los apocalipsis habituales de los últimos veranos en medio de una guerra de sintagmas. Con el sentimiento de que el fuego es cada vez más grande que nosotros. Y las palabras no son ya la solución, aunque muchas sean palabras de consuelo. No es el lamento, no son las lágrimas cayendo sobre la ceniza lo que debe movernos de verdad, sino lo que aún se mantiene en pie y hay que proteger. Es triste aprender en las noticias esta geografía de la derrota, estos mapas del dolor, esos topónimos que quizás escuchamos por primera vez. Hay que aprender la lengua del fuego, entender ya el mensaje, si queremos descifrar qué nos está pasando.
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