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Opinión | El trasluz

Puertas distintas

Dos puertas distinas.

Dos puertas distinas. / Shutterstock

La humanidad se divide entre quienes están en el ajo y quienes no (signifique lo que signifique estar en el ajo). Cuando uno se encuentra con un amigo que está en el ajo experimente una mezcla de admiración y de vergüenza.

-Lo de Leire no tiene nada que ver con lo que cuentan los periódicos -dice el amigo.

Y uno se inclina hacia delante.

-¿Ah, no?

-Qué va. Eso es la superficie.

A continuación, el amigo despliega una explicación llena de pasadizos, conexiones secretas, llamadas telefónicas borradas, cuñados estratégicos, fundaciones opacas y cenas discretas cuyo funcionamiento solo conocen quienes están en el ajo.

Luego pasa al caso Zapatero, después a la geopolítica mundial y finalmente a la razón por la que han subido los melocotones. Todo está relacionado con todo. El universo, visto desde el ajo, parece una novela policiaca.

Regresas a casa abatido. Tu mujer te pregunta qué tal el café.

-Mal.

-¿Por qué?

-Porque no estoy en el ajo.

Ella te mira con desconcierto. Tampoco está en el ajo. Nunca lo estuvo. Ni sus padres ni los tuyos. Tampoco vuestros hijos muestran aptitudes especiales para ingresar en esa cofradía. Sois una familia ajena al ajo.

El ajo debe de ser una estancia secreta y privilegiada de la realidad. La mayoría vivimos en el pasillo, oyendo ruidos al otro lado de la pared. De vez en cuando aparece alguien que asegura tener la llave de esa habitación. Entra, sale y regresa cargado de explicaciones. Sabe quién mueve los hilos, quién redacta los guiones, quién decide el precio de la electricidad y quién escribió de verdad las memorias de tal político.

Lo extraño es que los habitantes del ajo nunca se ponen de acuerdo entre sí. Cada uno posee una llave distinta que abre una puerta distinta. Si los reunieras en una misma sala, descubrirías que existen tantos ajos como personas informadas.

Tal vez la verdadera división de la humanidad no sea entre quienes están en el ajo y quienes no, sino entre quienes soportan no estarlo y quienes necesitan desesperadamente creer que sí.

Fuente: La Nueva España

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