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Opinión

Saúl Núñez Amado

Saúl Núñez Amado

Abogado y colaborador en programas organizados por los jesuitas

La huella que dejan los jesuitas en Santiago de Compostela

Quizá esta despedida deje un vacío difícil de explicar. La marcha de los jesuitas de Santiago de Compostela supone el final de una presencia que durante décadas ha formado parte de la vida cotidiana de la ciudad. Los hijos de san Ignacio de Loyola eligieron estar donde el peregrino necesitaba una palabra y donde el estudiante —porque Santiago también es ciudad universitaria— encontraba un hogar. Eligieron quedarse para servir.

Su misión nunca consistió únicamente en hablar de Dios, sino en hacerlo presente con su forma de vivir. Fieles al "en todo amar y servir" de san Ignacio, hicieron del servicio su mejor lenguaje. Escuchaban y acogían, también acompañaban a quienes llegaban con la mochila cargada de kilómetros y, muchas veces, también de incertidumbres.

Pocas iniciativas reflejan mejor ese espíritu que su programa de voluntariado “Apertas”. Cada verano, jóvenes llegados de toda España convertían Santiago en una auténtica escuela de hospitalidad. Regalaban su tiempo acogiendo a los peregrinos en la Oficina del Peregrino, orientándolos, sellando credenciales y resolviendo dudas. Pero su labor iba mucho más allá. Al terminar la jornada, seguían ofreciendo espacios de oración, conversación y acompañamiento para ayudar a releer la experiencia del Camino a la luz del Evangelio. Para muchos, gracias a los jesuitas, llegar a Santiago no era el final de la peregrinación sino el comienzo de un camino interior.

Ahora los jesuitas se marchan y con ellos desaparece su presencia discreta y una manera muy concreta de vivir el Evangelio en Compostela. Sin embargo, su huella permanecerá en los cientos de voluntarios que aprendieron, gracias a Apertas, a orar sirviendo y en los peregrinos que regresaron a sus países convencidos de que el mejor recuerdo de Santiago fue una conversación fraterna. También en quienes descubrieron en la acogida cristiana una forma de hacer sentir al otro como en casa. Estoy convencido de que permanecerá también en tantos universitarios que encontraron allí una familia lejos de la suya y en las personas más vulnerables que nunca olvidarán el trato digno y cercano que recibieron.

La noticia de su marcha despierta inevitablemente nostalgia, pero no debería llevarnos a la tristeza. Quienes caminamos cerca de la espiritualidad ignaciana sabemos que las comunidades cambian y las personas pasan, pero la misión continúa allí donde ha echado raíces. Los jesuitas dejan Santiago, pero el bien sembrado durante tantos años seguirá dando fruto. Y aunque su presencia termine físicamente, los jesuitas permanecen vivos en la memoria y en la vida de quienes un día encontraron en ellos la mano tendida que buscaban, la palabra que les estaba esperando o el impulso necesario para seguir caminando.

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