Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Un mundo terrible cabía en Ceuta
Dos o tres días después de la gran crisis migratoria de Ceuta, todo parece volver al punto de partida, pero dejando tras de sí una cifra inasumible de personas muertas. Y con la sensación de que todo ha sido un relámpago absurdo, un latigazo en el sur complejo de Europa, una situación que nos provoca desánimo y tristeza, pero que podría volver a repetirse, quién sabe, y siempre en detrimento de los más pobres y de los más desfavorecidos, como suele pasar. Porque, más allá del relato político (muy egoísta e interesado por parte de algunos), más allá de la utilización de la inmigración como herramienta de destrucción política, está el hecho innegable de la manipulación, quizás, de mentes jóvenes, de personas vulnerables que vieron una oportunidad (envenenada por el lodo de las redes), y, quién sabe también, tal vez el uso torticero de la globalidad geoestratégica, que, impulsada por ideas ultras, se empecina en introducirse en el corazón de Europa para hacerla reventar por dentro. Sólo así se explica la unanimidad de Meloni, de Trump, o del omnipresente Musk, siempre en el candelabro si es para crear discordia, que salieron en tromba para señalar a España.
No es esta la Europa que queremos. No es la Europa deseable. Es cierto que los intentos de Trump y sus acólitos por derruir las raíces del espíritu europeo no son nuevos, y siguen ahí de manera persistente y lamentable, pero también es cierto que nada desnuda más la obsolescencia ideológica de Trump y el daño que provocan sus políticas, que la defensa de la libertad y de la democracia que ha caracterizado siempre el proyecto humanista de Europa.
Pero corren malos tiempos, y muchos son los que se disponen a comprar a este lado del océano este discurso caótico y egoísta, esta mercancía ideológica averiada, que nos va a llevar al desastre (como ya nos llevó en otro tiempo). Hay algo que debemos saber: si queremos tener un futuro verdaderamente libre, es necesario negar a Trump y negar todas sus políticas. Europa debe luchar por limpiarse a fondo de trumpismo. La crisis de Ceuta ha servido para ver las orejas al lobo. Para contemplar el grado de manipulación que una situación sobrevenida en el flanco sur de Europa, el más desprotegido, puede generar. Siguiendo esa teoría terrible, tan en boga, de que, llegado el caso, todo aprovecha, si sirve para engordar. Usar la llegada de 60.000 marroquíes, de manera sospechosamente simultánea, a Ceuta, para hacer una política destructiva (una vez más), dice muy poco de los que se supone que deberían tener una mirada moderna y solidaria, tanto si gobiernan como si esperan hacerlo, porque esa es la única mirada que tiene sentido en el mundo de hoy. No podemos permitirnos el lujo de otra manera de ser Europa. Lo que hemos visto y escuchado coloca a cada uno en su sitio.
Más allá de la hostilidad que algunos mantienen con Sánchez, existe esa otra política doméstica, como la desplegada por Meloni, aunque no sólo, que pretende dejar claro a sus compatriotas su deseo de endurecer las fronteras a toda costa. Como se suele decir, gobernar con una mano tendida a Dios y otra al Diablo. La política cortoplacista que sólo mira al electorado, y que toma decisiones en virtud de las encuestas, no es propia de un gran liderazgo. Pero Schengen es, además, uno de los grandes valores europeos. Y un ejemplo para el mundo. La grandeza de un proyecto político decae cuando se vuelve insolidario y cuando la desconfianza crece. El miedo es hoy arma de control. Trump ha hecho de esto la base de su acción, y pretende, mediante la intrusión en el corazón de Europa, y con el apoyo a los euroescépticos, minar la idea europea, que tan poco conviene a sus intereses, y que le retrata.
Puedo entender el malestar de Sánchez y su carta a Bruselas. España ha sido un país solidario con las diferentes crisis migratorias. Resulta descorazonador, para los que creemos en el proyecto europeo y lo defendemos ante los que lo atacan sistemáticamente, esta reacción injusta de algunos países hacia España, este olvido de otros momentos políticos. Quizás ha sido una minoría (se echó de menos una palabra de solidaridad de Ursula Von der Leyen, aunque, al menos, ahí estuvo António Costa), pero es una minoría que no sólo resulta amarga, sino que provoca una herida más en la piel de Europa, una división más, y ya van unas cuantas. Hay que rearmar Europa, y no me refiero por supuesto a la militarización en marcha, esa que se predica ante los peligros cercanos, indudables, sí, sino un rearme de la democracia y de todo lo que tiene que ver con la libertad y la cooperación. Hay que frenar la sombra que crece en el horizonte, y que, además, es una sombra demasiado conocida. La desgracia de los desfavorecidos, porque el hambre no conoce fronteras, no debería usarse nunca como moneda política. Pero es aún peor agitar el tablero global utilizando las desigualdades.
Hay mucha agitación desde la propaganda trumpiana, o rusa, desde los gobiernos ultras, desde la ferocidad de los nuevos tiempos, mucho ruido y mucha furia, mucho gusto por usar el mal de los pobres para anunciar tiempos oscuros y caóticos. Porque muchos desean aguas revueltas, donde suele haber ganancia. Y de los muertos tal vez pocos se acordarán mañana.
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