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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

Algo se mueve en Gaza

Gaza ha recuperado protagonismo estos últimos días debido a la nueva fase de negociación del plan de paz diseñado por la Administración Trump para poner fin a la guerra en territorio palestino. La dificultad es mayúscula, pues son muchos los factores que habrán de tenerse en cuenta para que se llegue a una solución definitiva y, sobre todo, duradera. Además de cuestiones relacionadas con la gobernanza del territorio, aspectos relacionados con la seguridad, y las medidas para la reconstrucción de una tierra arrasada por el Ejército israelí, constituyen las prioridades a tener en cuenta. Asimismo, dentro del plan cobra una relevancia especial el propio desarme de Hamás; es decir, el “desmantelamiento” del brazo militar del Movimiento de Resistencia Islámica. Y es que no podemos olvidar que hablamos de una organización que, además de política, es paramilitar sunita. Asimismo, como rezan sus documentos oficiales, se declara yihadista, nacionalista e islamista.

Con todo, a partir de 2017 Hamás publicó unos nuevos estatutos que, sin renunciar a los objetivos establecidos en su Carta Fundacional, sí priorizan los objetivos políticos nacionalistas frente a los preceptos puramente religiosos. La clave está en que la organización sea capaz de alcanzar algunos de sus fines asumiendo la necesidad de renunciar a la lucha armada. Y ello supone la entrega de las armas, el rendimiento de cuentas, la destrucción de los túneles estratégicos que oculta a lo largo de la Franja, y la puesta a disposición de un comité de verificación de todas sus infraestructuras militares. Por su parte, Israel debe aceptar la necesidad de abandonar Gaza militarmente, aunque sea de manera escalonada. Para que pueda establecerse una base de confianza mutua, el Ejército israelí debe retirarse de un territorio que ha ocupado ilegalmente durante demasiado tiempo. Este nuevo statu quo sería el que propiciaría la instauración de un nuevo Gobierno provisional y transitorio; una administración estratégica representada por diversos sectores de la sociedad palestina, pero con un tinte más tecnócrata que político o ideológico. Es decir; quienes lideren esta trasformación deben tener la independencia y el conocimiento necesarios para poder llevar a cabo sus objetivos sin el control directo de Hamás.

Entre los objetivos del Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG) estarían también la reconstrucción del territorio y sus infraestructuras, la gestión de los servicios públicos (coordinando los 40.000 funcionarios civiles actuales), y el control de la ayuda humanitaria que pueda llegar del exterior. Todo ello quedaría garantizado con la presencia de una Fuerza Internacional de Estabilización; una especie de fuerza multinacional capaz de asegurar y fiscalizar todo el proceso de transición, así como un amplio programa de reconstrucción financiado internacionalmente y supervisado por la denominada “Junta de Paz”. Éste es, pues, el marco sobre el que se asienta el plan de Trump.

Pero no será fácil, pues el Ejecutivo israelí no está dispuesto a hacer concesiones hasta comprobar que Hamás ha aceptado la vía del desarme y la entrega de sus armas. Por otro lado, tampoco vemos demasiado entusiasmo por parte de un Benjamin Netanyahu con la vista puesta en las elecciones del próximo octubre; un primer ministro que, además, persiste en mantener los enfrentamientos armados, lo cual dificulta el alto el fuego y la puesta en marcha de la nueva Administración civil. De ahí las críticas a Israel por parte de países como Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia, Jordania, Pakistán y hasta Turquía.

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