Opinión | Buenos días y buena suerte
Un eclipse total en tiempos oscuros
Por lo que sea, el personal se pone a veces muy intenso. Algunas cosas se subrayan tanto y otras tan poco. Un misterio. Pero no seré yo quien le quite importancia al eclipse total que se avecina, y que llena páginas y páginas. Llama la atención, eso sí, que el fenómeno celeste haya borrado prácticamente todo lo que nos rodea, lo bueno y lo malo, hasta el punto de que todo se concentra desde hace semanas en esos segundos del eclipse, todo se vuelca ya en busca de ese momento mágico (matemático, más bien). Miles y miles de ojos no mirarán hacia otro lado, aunque sólo sea por imitación, en busca de una experiencia de esas que no puede conseguirse fácilmente. Y que tampoco puede pagarse con dinero. Aquí hay que rendirse a la mecánica celeste y esperar. No queda otra. La última vez que ocurrió, visible desde territorio peninsular, fue en 1912. Su rareza es la razón de tanto entusiasmo.
Espero que no haya decepciones, con tanta intensidad acumulada. Los astrónomos, físicos, y así, gozarán mucho, eso es seguro, porque saben que un poco de eclipse total es mucho, como se decía de aquel brandy. Este minuto y pico de eclipse es como hallar una moneda inhabitual, o un trozo de cerámica policromada, griega o romana, para los arqueólogos.
Lo bueno de todo esto, creo, es que se ha logrado que el entusiasmo ante el eclipse sea total (o sea, como el propio eclipse), y, salvo algún escéptico, de esos que dicen que la astronomía no les pone nada y que dos minutos, en el mejor de los casos, no dan para mucho (la película de Nolan dura mucho más, es cierto), hay millones de personas que han centrado casi todo su goce veraniego no en la última playa, sino en lo que va a suceder en las próximas horas. Y eso es una novedad. Porque no se trata de la final de un campeonato mundial de fútbol, donde también hay astros, ni es la gala definitiva de estrellas de Eurovisión, ojo. Aunque leí en un periódico que España organiza estos días una especie de Mundial de astrónomos, porque la cosa cuadra muy bien y el eclipse recorrerá el espinazo peninsular. En gran medida, la España vacía: Lugo, León, Palencia, Burgos, Teruel… Tiene algo de lotería muy repartida, no sé. Esta final sí que no nos la pueden quitar, decía uno por ahí.
Los eclipses se conocen desde muy antiguo: ahí están los astrónomos babilonios, o mayas, Tales de Mileto, Anaxágoras y tal. Aunque la comprensión exacta del fenómeno, su explicación matemática y la capacidad de predecirlo, está asociada con Kepler y sus leyes, si no me equivoco, que podría equivocarme. La extrañeza y el temor crearon la mitología popular que rodea a los eclipses, la asociación con eventos inesperados, con un posible castigo de los dioses (la ira de los dioses, ya saben), o directamente con la posibilidad de un apocalipsis (algunos siguen en eso). Los que conocían la mecánica celeste tenían un gran poder sobre los que la ignoraban. Porque nada nos hace más frágiles y manipulables que la ignorancia. Pero también es cierto que la literatura nace por ese intento de explicar el mundo.
Estos tiempos oscuros, aunque sabemos que vendrán más años malos que nos harán más ciegos, nos están eclipsando más de lo debido. Hay otros eclipses que lanzan densas sombras sobre nuestras vidas. Me sorprende, sin embargo, la intensidad extraordinaria, casi febril, que ha alcanzado lo que ya se llama sin empacho turismo de eclipse, cuando lo característico hoy en día es precisamente la falta de atención a todo lo que tenemos alrededor. No está mal esto de mirar al cielo, que a menudo ignoramos, porque, con excepción de la noche de las Perseidas, solemos mirar más bien al suelo (aunque muchos verán el eclipse retransmitido en directo, lo sé bien). ¿Y qué harán los negacionistas, siempre tan entregados a la causa? ¿Cómo pueden justificar el eclipse? Se ha desarrollado también, cómo no, una nueva moda coyuntural, el Bulo de Eclipse, que en parte bebe de las creencias antiguas.
Lo mejor del eclipse es que, al menos para los que vivimos en las zonas en las que será visible, es un espectáculo gratis y democrático. Otros han viajado desde todo el mundo, con esa curiosa euforia astronómica (algunos hablan también de precios astronómicos). En fin. Una celebración en medio de estos veranos tórridos, cada vez más insoportables. Un paréntesis que debería llevarnos a aumentar la conciencia científica que algunos se dedican a derruir cada día. Muchos creen que nos hemos pasado, que no tenemos término medio, que la polarización de esta sociedad llega ya hasta el firmamento y más allá. Puede tener algo de globalización de las costumbres, de imitación en masa, pero también parece, en cierto modo, un rito tribal, una especie de recuerdo de que existen cosas tan sencillas como mirar al firmamento, y otras muchas que hemos dejado de hacer. Parece un intento de recuperar algo perdido. Pero, en fin, serán cosas mías. Me acordé, claro, de esa máquina calculadora de eclipses y juegos panhelénicos, la máquina de Anticitera. Un artefacto que se recuperó del fondo del Egeo, y que quizás se construyó en los años 150 a. C. La más extraña calculadora del pasado. También somos todo eso. Todo lo que yace dormido. Todo lo que a veces hay que despertar.
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