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Opinión | Crónicas de JAC

José Antonio Constenla

José Antonio Constenla

Concejal del PP en Santiago

Concejal del PP en Santiago

Santiago no es una frontera, es una ciudad de acogida

Hay imágenes que explican mejor que cien discursos hacia dónde camina una ciudad. La que estos días circula por Santiago es una de ellas. Un cartel, que invita a “roubar ao teu primeiro peregrino” y ofrece un particular manual de instrucciones: localizar a la víctima por su concha, pulsera o bandera española, protegerse mientras se le roba y, después, quedarse con todo lo que se pueda. El remate, por si quedan dudas sobre la naturaleza del mensaje, propone quemar la bandera española y si el peregrino la lleva puesta mejor.

Uno puede pensar que se trata de una gamberrada. Y probablemente lo sea. Pero las gamberradas también retratan determinadas atmósferas. Hay algo especialmente grotesco en convertir al peregrino en enemigo, en la ciudad que durante siglos hizo de la acogida su razón de ser.

Durante siglos, Compostela ha sido precisamente eso: un lugar de encuentro. Una ciudad abierta a franceses, italianos, alemanes, portugueses, americanos, asiáticos y, por supuesto, españoles. Gentes de todas las lenguas, edades, ideologías y procedencias que llegan caminando con una mochila a la espalda y una concha en el pecho. Esa universalidad no es un inconveniente es patrimonio.

Sin embargo, el nacionalismo radical y excluyente, del que el Gobierno de Goretti Sanmartín constituye hoy aquí un exponente evidente, parece haber desarrollado una curiosa alergia al turismo. No a cualquier turismo, naturalmente. Hay visitantes que parecen resultar especialmente incómodos: el español, el que exhibe con orgullo su bandera, o el que llega con una cruz al cuello, parece que no merecen ni siquiera la cortesía de ser recibidos.

A propósito, la bandera española parece provocar en algunos el mismo efecto que el crucifijo en una película de vampiros: una mezcla de espanto, irritación y necesidad urgente de hacerla desaparecer.

Lo verdaderamente preocupante no es que existan cuatro iluminados capaces de diseñar un cartel semejante y pegarlo en las calles compostelanas. Siempre los hubo. Lo preocupante es que estas actitudes encuentren un ecosistema político y cultural que las tolere e incentive.

El turismo puede generar problemas. Hay que regularlo, ordenar los flujos, proteger a los vecinos y garantizar que la ciudad no se convierta en un parque temático. Pero nada de eso exige odiar al visitante y confundir la defensa de Santiago con la defensa de una determinada idea política de Santiago. Compostela no necesita levantar fronteras culturales para proteger su identidad.

Quizá convendría también recordar algo esencial: el peregrino no viene a conquistar Santiago. Viene a encontrarse con Santiago y Santiago debería estar a la altura de lo que representa.

Una ciudad universal no puede convertirse en una ciudad de aduanas ideológicas. No puede preguntar al que llega si su bandera molesta, si su fe incomoda o si su lengua merece permiso de entrada.

El problema no es solamente que unos desaprensivos coloquen esos carteles ofensivos. El verdadero problema es que, mientras unos los diseñaban, otros fueron creando discursos desde las instituciones: entre el compostelano y el visitante, entre el gallego y el español, entre quien encaja en un determinado relato y quien simplemente quiere disfrutar de la ciudad.

Santiago no es una frontera. Santiago es una ciudad de acogida.

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