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Opinión | TRIBUNA

Periodista

Colombia, cuando tiembla el alma

No hace mucho he visitado Pereira, allá en el colombiano Eje Cafetero. Me pedían entonces un análisis sobre el terreno sobre el hermoso vergel paradisiaco y sus posibilidades de desarrollo turístico, complementario del renacer de una tierra que emergía a su propia paz, siempre con matices. El primer diagnóstico en turismo, antes que la conectividad, la calidad de los servicios, la relación calidad precio, etc. era clara: la seguridad —física, jurídica, etc.—. Lo tenían casi todo, pero al margen de los procesos económicos genuinos, de las amenazas latentes, estaba el temblor, la geología; con eso no contábamos mientras disfrutábamos de la gentileza de nuestros anfitriones, de la sorpresa de las magníficas instalaciones hoteleras, de la naturaleza más espléndida, de una gastronomía exquisita. Hoy Colombia ha de resurgir de un drama, Risaralda en particular, y es seguro que volverá a crecer desde sí misma.

Es allí, en donde las tierras del Eje Cafetero se expresan en vergel, en belleza feraz, en fertilidad generosa y amable, en paisajes de paraíso, en jardines botánicos, en el valle del Cauca, en donde los meandros de las aguas en las que navega la vida se sabe feliz en sí misma, se reconoce en las quebradas que adquiere aromas botánicos, se eleva en donde las palmeras de cera, las más bellas y altas del mundo, sostienen el cielo más amable y generoso, casi tanto como sus gentes. Todo sobre el trasfondo de valles del color de las esmeraldas, plantas que regalan gamas de decenas de verdes distinguibles, sobre montañas que se proclaman en cordilleras, sobre las que sobrevuela la sal nutricia que fertiliza la jauja de los pájaros más exóticos y hermosos, la de los monos más chillones.

Pereira, conocida como «La querendona, trasnochadora y morena» o «La ciudad sin puertas», es el epicentro de un fenómeno social que merece ser estudiado: su civismo. Subyace en ella un proyecto ideológico cargado de fuertes concepciones morales que trascendieron las virtudes individuales hacia un celo colectivo por el progreso. Esa labor educativa civilizadora ha forjado una generación de jóvenes pujantes, educados y de una amabilidad espontánea inigualable. Es precisamente en esta juventud y en sus universidades, creo recordar que unas diez, donde reside la mayor reserva de solidaridad de Colombia; su formación, arraigada en valores de recato, altruismo social y participación, constituye el eje sobre el cual el país puede sostenerse cuando el alma tiembla ante el dolor. No hay mejores anfitriones en el mundo, y es esa juventud, formada en la ética y la estética urbana, la que hoy hay de sostener el peso del rescate y la reconstrucción, al margen de ideologías, con una ética de la esperanza que el mundo debería observar con atención.

Uno tiene que dejarse deslizar entre manantiales, ríos, cascadas y balnearios, entendiendo que esta oportunidad vital de los nativos, cultivada entre neblinas, es hoy el refugio de una nación que se niega a quebrarse. Y, mientras asistimos conmovidos a la entereza de este pueblo que ha hecho de la educación y el civismo su armadura, no podemos desatender el eco lejano del drama que golpea a nuestros amigos venezolanos, cuyos corazones, al igual que los colombianos, aguardan el reencuentro con el resurgir. Tiembla el alma confiada en este pueblo hermano e imbatible, que desde su juventud formada en el civismo y la solidaridad, nos enseña que, ante cualquier sismo, la unidad es el único terreno firme sobre el cual volver a construir el futuro.

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