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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

El amistoso silencio de la luna

Bajé con mis vecinos a ver el eclipse, aquí al lado, y me sorprendió la naturalidad del momento histórico, ese instante callejero y algo tribal (no trivial) del único gran eclipse de nuestras vidas (salvo que seas muy, muy longevo, y más allá). Sobre todo, me sorprendió la facilidad con la que, al tiempo que sucedía la maravilla cósmica, ese gigantismo anaranjado, ese recuerdo de nuestra pequeñez mortal y tal, nos poníamos a hablar de asuntos más consuetudinarios, de esto y de aquello, quién sabe si incluso hablamos de fútbol (jugaba el Dépor contra el Madrid casi sobre el horario del eclipse).

Hubo quien se mantuvo en silencio, el amistoso silencio de la luna, como en un ritual sagrado, como en los tiempos antiguos. Pero otros, entre los que me incluyo, no logramos despojarnos del todo de la esencia terrenal, quizás porque teníamos en mente ir al supermercado aprovechando el viaje, aunque no hubo manera. Siempre me hizo gracia esa mezcla entre lo sublime y lo doméstico, la belleza que asoma detrás de lo cotidiano, un poco como lo que cuenta Lezama Lima del renacentista Perugino: “mientras haces la cena, voy a pintar un ángel más” (también podía Perugino ponerse él a hacer la cena).

Lo cierto es que supimos que el día se cerraba inexorablemente con el acto del eclipse, tachaaaaan, con las sombras de plata lamiendo las paredes, mientras mirábamos de manera huidiza al cielo (por el miedo a dañar la retina, porque todos fuimos bien aleccionados durante semanas). Así que podemos decir que tuvimos mucho ojo. Mirábamos unos segundos al sol engullido por la luna vengadora, desconectábamos, y volvíamos a la seguridad de la tierra. Nadie dijo ohhhhh, ni qué emoción, aunque lo sintiera, no hubo aplausos en el barrio como en un aterrizaje, pero sé que en muchos lugares sí, en justa correspondencia con la ejecución perfecta del baile astral. En los espectáculos y en los aterrizajes se aplaude para reconocernos vivos. Entre los prolegómenos y el post/post, la cosa se alargó un poco. Hasta que alguien dijo esa frase definitiva: “me subo ya a hacer la cena”, sin saber quizás lo de Pietro Perugino. Las cenas son más importantes de lo que parece y nuestra civilización está influida por dos de ellas (George Steiner). Pero reconozco que, en nuestro interior, quedamos un poco tocados. Regresamos a casa. Tachamos a toda prisa la casilla de ‘eclipse total’. Reto conseguido.

Me he alegrado mucho de esta locura colectiva que, bien pastoreada, nos ha llevado de manera casi unánime a la máxima admiración de las geometrías celestiales. A estas alturas, todo está dicho ya sobre el eclipse, especialmente por lo que se refiere al lado tierno del asunto. Como sucedió en la pandemia, tampoco vamos a salir mejores del eclipse. No nos pongamos estupendos. Pero quién sabe si un poco más conscientes del planeta y de la ciencia. No sería un logro menor, tal y como está el patio. Vivimos probablemente en el futuro y algunos quieren traer ideas de la prehistoria. Hemos descubierto que aún somos bastante humanos y extraordinariamente frágiles, por más que este sea un tiempo de soberbia y narcisismo estúpido. Y, a pesar del olvido de las viejas historias, al parecer mantenemos incólume el espíritu de los ritos colectivos que nos han construido paso a paso desde la antigüedad. Creí que todo lo exterior a nuestras vidas estaba prácticamente olvidado, agachados como estamos sobre esa otra luz que nos hechiza, la que emiten las pantallas de los móviles. Esto de mirar hacia lo alto, aunque sea unos segundos, esta concesión a la naturaleza y su vieja grandeza, sí que me parece emocionante.

Y gracias a la luna, que me ha dado tanto. La luna de los Románticos, la luna de sangre y fuego, que iluminaba los caminos de la infancia, cuando apenas había farolas que cegaran la cúpula del cielo. Gracias por el atrevimiento. Por este minuto de gloria selenita. Es el sol quien nos da la vida y quien sin duda nos dará la muerte, quien nos hará caer en el océano como cae Ícaro en un extraño cuadro, quizás pintado por Brueghel el Viejo. Pero no está mal el dulce cosquilleo del eclipse, el juego breve, el baile colegial con el gigante.

La luna silenciosa y cómplice, desnuda y deseada, no es sólo el objetivo de la ambición de los hombres, que quieren volver a ella a toda costa, sino la vieja compañera que nos devuelve la luz para iluminar las grandes y las pequeñas historias, como decía Virgilio de los guerreros griegos, que se aliaron con la luna para llegar a Troya y bajo su luz de plata abandonar sigilosamente el vientre del caballo. Terminamos volviendo a este momento Nolan. La historia de todas las historias. Somos lenguaje y somos relato. Sólo somos lo que contamos a los otros y lo que los otros nos cuentan. Las palabras tejen la vida. Solos aquí abajo como estamos, bajo la luna silenciosa y quizás compasiva de esta gran soledad. La luna que a veces se atreve con el sol. Construyendo, como decía Yeats, la rara memoria de la humanidad.

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