Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Al faro
El año pasado no pudimos ir al faro, o nos olvidamos. Pero este domingo, recuperamos la vieja costumbre. Aunque el calor era excesivo, incluso a pocos pasos del Atlántico. Este ha sido, está siendo, un verano de temperaturas altísimas, y creo que cada nuevo verano nos traerá temperaturas aún más altas. Siento decirlo, pero todo indica que las cosas van a venir así.
En el norte estamos acostumbrados a la suavidad que nos regala la cercanía del océano, por más que el Atlántico pueda ser muy bravo. Cuando no a esos días de nordés, que aparecen de pronto, como si se tratara de un sarpullido que hay que pasar, hasta que regresa la quietud. La fama de sufrir un clima poco fiable en verano nos salvó históricamente de tener playas abarrotadas (salvo alguna que otra), aunque la otra fama, la gastronómica, siempre ha compensado con creces cualquier decepción. Con las temperaturas desatadas, especialmente en lo que va de siglo, desde fuera se nos empezó a ver como un refugio climático. Para el que se cocía de la meseta para abajo, éramos un territorio con mucha suerte. Y ya no se trataba tanto del alcanzar el bronce, sino de sentir la caricia del aire. La antigua frustración ante un verano que pudiera salir demasiado nublado, o incluso lluvioso, se convirtió pronto en una manifestación de gozo, sobre todo para los visitantes. ¡Esto es vida!, decían. Y dicen. Aunque, después de este agosto, ya no sé qué pensar.
Así que este domingo volvimos al faro. No está lejos de la casa, ni es siquiera uno de esos faros de referencia, como dicen algunos (en realidad todos los faros son precisamente una referencia). No se trata, ya digo, de la madre de todos los faros. No es la Torre de Hércules (o de Breogán, como a mí me gusta decir), o el Cabo Vilán, o el Cabo Touriñán, el más extremado, o el cabo de Fisterra, donde todo empieza y acaba. El mundo de los faros es un mundo extraño, y es también un mundo perdido. O casi. La tecnología nos ha quitado aquí literatura, pero siempre se puede recordar. Este pequeño faro de la Costa da Morte no tiene farero ni lo ha tenido nunca, pero brilla no sólo con luz propia (eso, en un faro, se da por supuesto), sino con los reflejos que brotan de una modesta estructura cilíndrica, muy blanca, creo que recién acicalada, casi como la de un molino de viento de los del Quijote. Este faro humilde rompía con limpieza la línea del horizonte. Sobre el sfumato que nos privaba de ver América bailaban, en una salsa lechosa, dos o tres veleros.
Todos los años sentíamos la obligación de alcanzar el faro. El paseo era ridículamente corto, y, a pesar de eso, a menudo terminábamos encontrando una disculpa para no ir. Un verano, mi hijo consideró que yo había engordado demasiado (era cierto), y me obligó a subir aquella cuesta pronunciada al trote, no una vez, sino durante varios días, en plan entrenamiento casi militar. Con la promesa segura, repetía, de poder contemplar el Atlántico en toda su extensión inabarcable al final del trayecto, cuyo tramo final era además en descenso, lo que no me parecía un premio menor. La belleza del océano no faltó ni un solo día a la cita, pero acabé desfondado, adelgacé poco o nada, y terminé renunciando al escueto viaje. Sólo hablábamos de él, pero el faro fue pronto una presencia imaginaria. Como tantas cosas, con el paso del tiempo.
No es lo mismo que volver a la casa de la infancia, donde cada esquina guarda una historia. Hay esquinas felices y sabes que esa felicidad, de alguna manera, aún sigue allí. Creo que también sucede con las esquinas donde a veces habita una tristeza antigua que no comprendemos del todo. Permanecerá allí incluso después de nuestro final. Se agazapará como un animal resistente. Los edificios guardan la mirada de los habitantes y de las gentes que pasan. Ahora sé que mido la memoria de los veranos gracias al recuerdo de este paseo sencillo, es la herramienta que me da la medida exacta del tiempo que pasa. También mido así el crecimiento de mis hijos, su viaje vital. Como algunos cineastas suelen hacer, debería haber filmado una secuencia de todas estas sucesivas miradas que hemos hecho al Atlántico, aparentemente inmutable, mientras ellos se convertían en unos jovencitos y nosotros, inevitablemente, íbamos viajando hacia la vejez, donde creo que ya nos encontramos.
El mar seguirá allí, y el viento, y los pinos que se balancean sin arrogancia seguirán también durante un tiempo largo, o eso espero, y los senderos casi vacíos que llevan a la inmensidad del océano. Me pregunto cómo será cuando la casa que alquilamos cada verano, desde hace décadas, quede vacía, o habitada por gentes desconocidas, y ellos, quizás, lleguen de improviso un día, en ese futuro que les otorgue la vida, ya sin nosotros, y, quizás entre bromas y risas, retomen el camino al faro en busca de la memoria de la infancia. En busca de los días azules y del sol de la infancia, como diría Machado. Toda esa sencillez, toda esa grandeza, permanecerá allí, inmutable. Tal vez la felicidad de cuando fuimos jóvenes también siga agazapada allí.
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