Opinión | Buenos días y buena suerte
Lorca, en la luna del verano
Vuelvo a contemplar la famosa fotografía de Federico García Lorca junto al cruceiro de Santa María del Azogue, en Betanzos, que mencioné hace unos días. Me produce una gran emoción. Corría el mes de mayo de 1932 cuando se tomó la instantánea, durante los viajes organizados por el Comité de Cooperación Internacional. Por supuesto, fue también el gran año del poeta en Compostela, con esa otra gran fotografía, imprescindible. La de las escaleras de la Praza da Quintana ataviado con el mono azul de La Barraca.
Ya conocedor desde mucho antes de esta ciudad, tras aquel viaje juvenil de estudios de 1916 (tenía Federico entonces dieciocho años), 1932 supondría el instante mágico de la conexión definitiva con Galicia, y con la lengua gallega. Todo es bien conocido, lo sé. Henrique Alvarellos se ocupó de rescatar estos vínculos de Lorca con Galicia, y con Santiago, de revitalizar esa conexión imprescindible que no sólo brilla en amistades y encuentros, sino en un sincero deseo de conocimiento por parte del poeta. Y, desde luego, brilla en sus famosos ‘Seis poemas galegos’. El volumen, más bien un cuadernillo de características singulares, terminó de imprimirse el 27 de diciembre de 1935, como es sabido también, por la Editorial Nós, fundada por Ánxel Casal. La edición facsimilar llevada a cabo gozosamente por Alvarellos en 2018 fue premiada como el mejor libro de aquel año. Hoy, el recuerdo del poeta es, sin embargo, por un motivo cruel: su asesinato el 18 de agosto de 1936, apenas ocho meses después de que estos poemas galaicos vieran la luz. Han pasado 90 años del crimen, y Lorca es esa luz que permanece en la memoria del más oscuro y el más triste de los tiempos.
El viaje de estudios de Lorca en 1916, en el que descubrió Galicia entrando por Ourense, donde apenas estuvo unas horas (Alvarellos, no se olvide, tiene también un libro excelente al respecto), introdujo de nuevo con fuerza el verde en la paleta de colores de Federico. Hay menciones poderosas a la lluvia y al paisaje esmeraldino, y late en los testimonios de otros acompañantes en este viaje la gran emoción que para el jovencísimo poeta brotaba de los lugares del norte. Por supuesto, estas impresiones, estas atmósferas galaicas, permanecerían para siempre en los textos lorquianos.
La Barraca llevó a Lorca a recorrer territorios muy dispares, donde a veces dejaba auténticas perlas en algunas entrevistas. No se cortaba mucho Lorca en sus opiniones literarias, como sucedió en León en agosto de 1933, también de gira con La Barraca, en una entrevista para el periódico La Mañana, en la que participó el famoso Pérez Herrero, creador de la leyenda de Genarín. Lorca se prodigaba en una labor extraordinaria a la hora de promover el teatro clásico, toda una utopía cultural que las Misiones Pedagógicas de la República desarrollaron con gran dedicación, y que extendió la labor del teatro universitario al contexto rural y popular, como habían hecho en Irlanda los fundadores de Abbey Theatre, Lorca fue un gran admirador de John Millington Synge, mítico director del Abbey y autor de maravillosas y polémicas obras, que beben del primitivismo de las Islas Aran. Lorca asistió en 1921 a una representación de ‘Jinetes hacia el mar’ en el Ateneo de Madrid, que se llevó a cabo gracias a la traducción de Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. Como hemos escrito en otros lugares, la mujer lorquiana parece inspirarse en gran medida no sólo en el universo andaluz, como se dice a menudo, sino en las mujeres creadas por Millington Synge.
De todo esto hablé, con pasión, hace apenas tres años, con el gran Ian Gibson, quizás el máximo investigador lorquiano y un intelectual generoso, cuya conversación (como su literatura) es siempre emocionante. Gibson vivió para Lorca y con la luz de Lorca, su vida no se puede entender sin el poeta de Fuente Vaqueros. Y sin esa Fundación y esos archivos. Pero, sobre todo, sin esa emoción. Gibson se imbricó en las cosas de España con los estudios de español en el Trinity, y de ahí, ese lento y decisivo viaje sentimental hacia la Costa Brava primero, los cursos de la Complutense en verano, y, por supuesto, Granada, siempre Granada (la de tantos hispanistas). Y Lorca.
Ian Gibson es uno de los investigadores a los que menciona, como origen de todos los viajes hacia la figura de Federico, Víctor Fernández, que ha preparado una excelente edición de las cartas en torno a la familia de García Lorca. No es su primera incursión en estos territorios, pero quizás sí la mejor y la más sistemática. El libro, publicado por Akal justo ahora, 90 años después del asesinato del poeta, se llama ‘No te olvides de escribir’, y ofrece, como decimos, una singularísima mirada al interior de Lorca y, sobre todo, su relación epistolar con sus padres. Su madre, Vicenta Lorca Romero, será fundamental en la vida literaria del poeta (le dijo que mostrara su teatro a Margarita Xirgu), una vida en un entorno culto, desde luego, marcado después por la gran tragedia. “El epistolario nos demuestra la preocupación de doña Vicenta por el día a día de su hijo, por los aspectos cotidianos cada vez que se alejaba del hogar familiar”, escribe Víctor Fernández. Este es un libro íntimo, doméstico, de Lorca, que nos lleva sin máscaras a su emoción como hijo que viaja hacia la gran aventura de convertirse en el primer poeta de España. Creo que leerlo hará justicia a esta fecha en la que la tristeza aún nos golpea, y lo seguirá haciendo, así que pasen cien años. Y muchos más.
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