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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

El orden y el caos en el mundo de hoy

Las reiteradas promesas de los nuevos gobiernos autoritarios de otorgar orden y disciplina al mundo no han funcionado demasiado. Más bien, todo lo contrario: han aumentado exponencialmente el caos. Entre otras cosas porque su propósito se ha alejado a menudo de los comportamientos democráticos (en algunos lugares han devenido con infinito descaro en una forma de autocracia, o de mal disimulada tiranía, amparándose, cómo no, en el miedo que causa cualquier relato sobre inseguridad. La siembra del miedo a todas horas es una de las herramientas electorales más potentes en la sociedad contemporánea, y resulta muy útil si consigue penetrar la sociedad, siempre con una buena dosis de ruidosa propaganda y de realidad inventada).

El discurso oportunista de estos dirigentes, que vienen a salvarnos de la incomodidad del Tercer Mundo y, con altas dosis de inmisericordia, a potenciar las murallas del mundo rico, no ha producido los efectos deseados en unos votantes que aspiraban a encontrar un mesías lo más parecido a un héroe de la Marvel. La realidad es algo más tozuda y algo más compleja.

Los desafectos, que sospechan sin cesar de la blandura de la democracia (a veces reconocer derechos o respetar la diversidad se considera una debilidad política por parte de los nuevos autoritarios), han descubierto al fin, a pesar de la ceguera contumaz que recorre el mundo, que una cosa es prometer y otra dar trigo. Y que el papel lo aguanta todo. Como las redes sociales de madrugada. O como los mítines cargados de banderas al viento y tanto fervor. Prometer orden y mano dura ha sido una característica tradicional de ese tipo de gobiernos. Una promesa que suele referirse a la protección de las clases más pudientes, y que, como es inevitable, suele empeorar aún más la vida de los más desfavorecidos. Trump no ha dejado de actuar siguiendo esta doctrina, que insiste en agrandar sin empacho la brecha social, y, de paso, ha arrastrado con su influencia a buena parte de Latinoamérica. En Europa, todavía nos va quedando un poco de cordura. Pero tampoco tanta. Aquí también se vende ese discurso, y cada vez se nos vende más, pero la realidad demuestra que la supuesta blandura de la democracia (que sólo es una visión garantista, lo más respetuosa posible con cualquier ser humano) trae más orden y más progreso que el caos generado por estos liderazgos autoritarios.

La paradoja del mundo actual reside en el hecho de que destacados liderazgos, refrendados en ocasiones por las urnas, que han prometido orden y control de aquello que interfiere en la vida, sobre todo, eso sí, de los más pudientes, no han dejado de sembrar el caos, con actuaciones injustificadas, cuando no directamente ilegales, y, desde luego, pueriles y caprichosas. Decisiones inexplicables, muchas veces diseñadas en clave doméstica, que han generado guerras, mucha más inseguridad global, colapso económico, conflictos comerciales y diplomáticos totalmente innecesarios, y no pocas trifulcas con cierto aire adolescente. Escuchamos casi a diario frases muy poco democráticas. Hemos visto políticas que se apartan de la ciencia y que abrazan, por ejemplo, la superstición. En pleno siglo XXI, en el desarrollado mundo libre que se nos supone en occidente, esto es algo surrealista. Salvo para aquellos que no se apartan de las adhesiones inquebrantables, y que tozudamente seguirán afirmando lo increíble, no parece que se pueda concluir que el mundo ha mejorado con todas estas vanas y fútiles promesas.

El orden y la mano dura se suelen presentar (la propaganda hace milagros) como una alternativa a la supuesta blandura democrática, lo que, en principio, parece anunciar una merma de la libertad. Para algunos, claro. Todo esto está pasando ahora. ¿Qué decir de las acciones del ICE en la América de Trump? Es sólo un ejemplo de qué se entiende a veces por la manoseada palabra orden. ¿Una puesta en cuestión, sin renunciar a la violencia, de las garantías y los derechos democráticos? La instrumentalización política del control migratorio es una peligrosa tentación y ya empieza a verse con claridad. Las redadas urbanas han sido utilizadas por Trump para diseminar esa sensación de control, pero pueden convertirse en un grave problema para él en las próximas elecciones de medio mandato.

Lo paradójico de todo este creciente y peligroso autoritarismo es que, lejos de potenciar un mundo más ordenado, está potenciando un mundo más caótico y más injusto, en el que prima la fuerza y el supremacismo. Creo que resulta innegable que esto es lo que está pasando. Incluso en Europa, reserva del espíritu democrático actual, estamos asistiendo a cambios poco compatibles con el espíritu de la Unión, fruto también de una dirección que muestra demasiadas ambigüedades: comprar el modelo migratorio de Meloni, con los campos de procesamiento (o deportación) en terceros países, externos a la UE, es sólo un ejemplo de esas decisiones que no se corresponden en absoluto con la verdadera Europa. Del estado de la frontera sur, la más compleja, y del drama humano al que asistimos, creo que ya está todo dicho. Mientras países como Islandia buscan incorporarse a la Unión, mientras deseamos que el Reino Unido recapacite tras el fiasco del brexit, Europa no termina de despertar de esta gran pesadilla global que se nos ha venido encima, la pesadilla de los liderazgos que siembran injusticia y caos.

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