Opinión | Buenos días y buena suerte
Agosto, ¿sobrevalorado?
Creo que fue Feijóo el que dijo un día, hace no mucho, que las vacaciones están sobrevaloradas. No lo están, claro. Pero quizás sí el grado de disfrute que uno puede alcanzar en ellas. Y, sobre todo, la manera en que ese disfrute se consigue. En el caso de tener vacaciones, me refiero. Se dan por supuestas, pero hay muchas personas que nunca se han ido de vacaciones. O que no han podido irse, aunque quisieran. Las vacaciones, ya digo, no son un bien que tengamos que dar por supuesto. Hará un siglo que resultaban una rareza, salvo para la gente pudiente. No eran para la gente corriente. Las revistas del ramo, signifique lo que signifique, sacaban ilustraciones de playas con personal ataviado con trajes de baño a rayas y toda aquella ropa de época (de aquella época). Se ejemplificaba una vida sin trabajo para aquellos que podían permitírselo, ya fueran ricos por su casa, sobrevenidos, empresarios post revolución industrial, o aristócratas cuyo linaje no había embarrancado.
Las vacaciones se popularizaron, como los viajes familiares en coche (el 600, claro), y luego los billetes de avión asequibles (quién sabe si esto no ha tocado ya a su fin, con el combustible, nunca mejor dicho, por las nubes). Hubo un momento en que el reto era tener un apartamento en Torrevieja (si te tocaba en el Un, Dos, Tres, mucho mejor). Hoy el reto es más bien lograr alquilar algo sin dejarse en ello buena parte de los ingresos anuales. Conozco gente que se frustra si no puede ir de vacaciones en agosto, quizás porque ya ha asumido que es un bien generalizado, como lo puede ser el sufragio universal. Agosto como territorio vacío, hueco, ajeno a la realidad, ya no existe más que en la memoria de la infancia o en las novelas, como tenemos escrito. Hay una especie de conspiración contra el vaciado del calendario, que antes dábamos por hecho. Alguien nos está imponiendo el horror al vacío, algo que un disfrutón de agosto nunca tenía. Según los más conspiranoicos, nos quieren ocupados. No puede decaer la tensión cotidiana.
Pero lo mismo que te digo una cosa, te digo la otra. También conozco gente que rehúye las vacaciones. Incluso las vacaciones en general. También tienen horror al vacío del calendario. Les parecerá que, si descansan, pierden el tiempo. “Ya descansaré cuando me muera”, decía mucho un vecino de mi pueblo, que ya ha muerto. Descansarás, sí, rumiaba yo para mis adentros infantiles, pero no lo vas a disfrutar. De nada sirve descansar si no te enteras. Lo mismo que de nada sirve ser rico si no gozas de tu riqueza. Y así. No es lo que tienes, sino lo que haces con lo que tienes. Conozco quien abomina de las vacaciones, sobre todo de las de agosto, y les encuentra mil peros: calor excesivo, precios excesivos, gentrificación, turisteo total, demasiadas comidas familiares, en las que uno se la juega tanto o más que en las de Navidad… Y también conozco al típico ‘workaholic’, que parece hallar placer en el trabajo (no pasa nada por ello, seguramente). La soledad de los edificios, el silencio, el descubrimiento de la lentitud, anima a muchos a emplear agosto en el trabajo, imaginando, supongo, las colas que está evitando en las heladerías, los apretones del aeropuerto, la lucha a brazo partido por la primera línea de fuego, digo, de playa, el precio de los cócteles.
Una de las mejores maneras de disfrutar de la ausencia de vacaciones es descreer profundamente y sin ambages de agosto y sus supuestas bondades. Basta con convencerse uno mismo, no es necesario intentarlo con los demás. No sólo pensando en los aeropuertos atestados (y en los propios atestados, en caso de accidente, que también lían mucho al personal), sino glorificando la tarea propia, la que sea, frente al duro ocio, que deviene a menudo en una cadena de trabajosos esfuerzos. El que no se consuela es porque no quiere. He leído que un jubilado reabrió su tienda de ultramarinos porque no lograba ser feliz. También se puede descubrir un agosto oculto, olvidado, que yacía enterrado bajo varias capas de viajes organizados y carísimos alquileres en esos sitios “a los que se supone que hay que ir”. Muchos abandonan al fin la tiranía de la vacación en la que buscaban ver, pero, sobre todo, ser vistos.
Quizás habíamos convertido agosto en una forma de ‘farmear aura’, como se dice tanto ahora. Agosto nos daba el caché de la vacación fetén, en el mes perfecto, que solía certificarse con el bronceado top y unos abdominales que no fueran en absoluto abominables. Hoy eso empieza a ser tan viejuno como la palabra viejuno. El aura está más en septiembre, o en enero, que en agosto, donde todo el mundo anda, o andaba, a lo mismo. También es una forma de trolear al mercado, que apuesta a caballo ganador y ama nuestras rutinas. Las vacaciones en un mes raro, o antes conocido como raro, ganan terreno. O las no vacaciones, directamente. La soledad de la casa del pueblo empieza a cautivar a los jóvenes (a los nietos: sus padres iban poco). Siguiendo quizás esa corriente de revivir pueblos abandonados, hasta ahora casi siempre por la llegada de algún inglés que huye de la vida urbana, que suele acabar plantando viñas o colmenas. Y encontrando algo parecido a la felicidad.
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