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Opinión | Crónicas de JAC

José Antonio Constenla

José Antonio Constenla

Concejal del PP en Santiago

Concejal del PP en Santiago

Un Ayuntamiento convertido en pancartódromo

Hay edificios que representan a quienes los gobiernan y otros que representan a todos. El Pazo de Raxoi pertenece, afortunadamente, a la segunda categoría. Es la casa consistorial de Santiago de Compostela, la institución que nos representa a todos los compostelanos, pensemos como pensemos, votemos a quien votemos y tengamos las ideas que tengamos. O debería serlo.

Porque desde que gobierna el BNG de Goretti Sanmartín, la fachada del Ayuntamiento parece haber encontrado una nueva vocación: convertirse en un enorme tablón de anuncios ideológico. Un día Palestina. Otro día un símbolo determinado. Ahora una bandera con los colores del escudo de Castelao y el lema “Denantes mortos que escravos”. Y mañana, quién sabe. Quizá convenga reservar espacio en la fachada y establecer un calendario, como si Raxoi fuese un pancartódromo municipal.

Que nadie se confunda. No se trata de discutir aquí la legitimidad de la causa palestina, el valor histórico de Castelao o el significado de sus símbolos. Todo eso forma parte de nuestra sociedad y de nuestra historia. La cuestión es otra, mucho más sencilla: ¿debe la fachada de una institución que representa a todos convertirse en el escaparate permanente de las preferencias ideológicas de quien ocupa temporalmente la Alcaldía?

Yo creo que no.

La alcaldesa debería recordar que el Ayuntamiento no es la sede del BNG, ni una extensión de su programa político, ni una gigantesca pancarta electoral pagada con dinero público. Es la casa de todos. Y precisamente por eso exige algo que parece haberse convertido en una rareza en determinados gobiernos nacionalistas: sentido institucional.

La bandera palestina puede ser legítima como expresión política o ciudadana. Pero, si se convierte la fachada municipal en un espacio de posicionamiento internacional, surge una pregunta inevitable: ¿por qué Palestina y no Ucrania? ¿Por qué una guerra y no otra? ¿Quién decide qué tragedia merece ocupar el balcón consistorial y cuál queda fuera?

Ahí está el problema.

Porque los símbolos institucionales deberían unir, no dividir. Y una alcaldesa tiene la obligación de elevarse por encima de su partido, no de bajar la institución hasta el terreno de la militancia.

La comparación futbolística resulta inevitable. Imagínense el presidente de un gran club que, en lugar de utilizar el palco para cultivar relaciones institucionales y representar dignamente a su entidad, se dedicase a insultar al equipo contrario, agitar bufandas, celebrar cada gol con provocación y comportarse como un hooligan más. Podría hacerlo como aficionado particular. Pero no desde el palco presidencial.

Pues eso es lo que ocurre cuando quien ocupa la Alcaldía confunde la institución con su propia trinchera política.

Y Santiago merece algo más.

Merece una alcaldesa que no quiera patrimonializar el Ayuntamiento para demostrar quién manda. Merece una alcaldesa que entienda que gobernar no consiste en poner la ciudad al servicio de una determinada visión política, sino en representar incluso a quienes jamás la votarían.

La pregunta que surge espontáneamente es qué queremos los santiagueses para nuestra ciudad: Una Alcaldía que convierta Raxoi en la fachada propagandística de una ideología, o una Alcaldía a la altura de Santiago, consciente de que gobierna una ciudad universal, Patrimonio de la Humanidad, meta de millones de personas y símbolo de encuentro.

Ahí lo dejo.

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