Opinión | Buenos días y buena suerte
Queremos tanto a Dolly
Muere Dolly Parton y de pronto piensas que ha muerto toda una época. Quizás la nuestra (la mía). No es del todo así, porque, en realidad, Dolly Parton nunca estuvo en el centro de nuestro devenir cultural, ni siquiera estrictamente en el centro de nuestro devenir musical, aunque nos tocase muy de cerca la onda expansiva de alguno de sus éxitos más conocidos.
Dolly Parton creció en la distancia estadounidense, en un estilo que aquí nunca ha cuajado del todo, porque, en realidad, no corresponde a nuestra tradición cultural. Luego, el ‘country’ de inspiración norteamericana y montañera se ha incorporado de vez en cuando a la música popular en este lado del planeta, también en español, pero siempre dentro de un nicho concreto y bien delimitado, caracterizado por la fusión Tex-Mex, por más que alcanzara la naturaleza de ‘mainstream’, como se dice ahora, con algunas canciones que se hicieron virales (usemos el maldito término).
No era fácil en aquel tiempo trepar a la fama global desde el ‘country’, y menos con una estética incluso excesiva que no pretendía suavizar ni un ápice la ruralidad, sino subrayar la felicidad de las fiestas campestres, porque Dolly jamás renunció a sus orígenes, los del mundo hillbilly y la música de los Apalaches. Dolly Parton empezó con una guitarra en la radio local, pero en su sólido viaje hacia la música comercial se mantuvo fiel a la humildad doméstica y campesina de la que venía. Tal vez esa lealtad a las viejas canciones que se cantaban en el seno de aquella familia numerosa en la que ella creció, ese sello de autenticidad, sea el verdadero secreto de su éxito.
No sólo el secreto del su éxito musical (su voz, su timbre, es un icono imbatible del género, pero también de toda la música estadounidense), sino el éxito de su figura, que, por supuesto, llegó mucho más allá de la interpretación o la composición. Queremos tanto a Dolly por su libertad en la creación, por el uso de los materiales pegados a la tierra en la que nació, pero igualmente por su desempeño público, por involucrarse en los programas de lectura para los niños (Imagination Library), por ese sentido de comunidad que acompañaba sus apariciones. La muerte de Dolly nos devuelve su grandeza en estos días de verano, quizás después de cierto olvido. Toda una generación de estrellas desaparece, escucho intensamente estos días, y con ellas un pasado en el que quizás el mundo de la música, como el mundo de casi todas las artes, tenía muy poco que ver con el actual.
Dolly Parton se mantuvo fiel a los fundamentos populares que construyeron su música, pero eso no impidió que, tras su desembarco en el emporio creativo de Nashville, lo que implicaba abrirse a todo el país, y al gran mundo, su voz diferencial fuera apreciada por millones de seguidores. Y admirada por tantos otros músicos que grabaron a lo largo del tiempo sus canciones más celebradas (muchas de esas versiones crecieron exponencialmente sobre las suyas, como sucedió con Whitney Houston y ‘I will always love you’, que, como es bien conocido, se convirtió dos décadas después de ser escrita por Dolly en el tema central de ‘El guardaespaldas’).
Sin duda alguna el mundo de entonces era otro mundo bien distinto, aunque en cierto modo nos parezca aún tan al alcance de la mano. Cuando yo era aún un niño, Dolly Parton ya compartía escenario con Porter Wagoner, que la llevó a la fama gracias al impacto televisivo de su show. (‘I will always love you’ es, precisamente, ya lo sabrán ustedes, la canción que describe el momento de su complicada separación profesional. Muchas composiciones de Dolly guardan una historia íntima y personal. Así que Dolly dijo adiós a Wagoner con una canción extraordinaria, que luego se convirtió en emblemática, porque, parece que aseguró, esa era la única manera de hacerlo.
En este final del verano (las muertes resuenan mucho más entre las paredes del verano), despedimos, tal vez, una parte de nuestro pasado, aunque aquella música siempre fuera una rareza campesina americana que poco a poco se pobló de pop. La despedida de Dolly Parton nos recuerda que quizás ya nada queda de aquel sentido de la música, ni siquiera de la creación de los mitos. Estos días leo cómo se celebra su tesón y su largo viaje, por oposición a las carreras meteóricas y fantasmagóricas de este tiempo, y a la levedad de cuanto nos acompaña. También siento que su sentido de la diversidad, aunque fuera a partir de raíces tradicionales y blancas, se ha truncado en este mundo terrible que nos ha traído el pensamiento extremado, autoritario y feroz. Todo parece infinitamente peor. Vano y fútil. Y no porque crea que cualquier tiempo pasado fue mejor. Siempre pensé que el futuro me gustaría. Pero empiezo a dudarlo. Y aquí estoy, escuchando Jolene una vez más.
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